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miércoles, 10 de diciembre de 2025

Berghain - Rosalia feat Bjork-Yves Tumor

 Berghain es una discoteca en Alemania, de esas que necesitas llave para entrar, (aunque muchos comentarios dicen que actualmente solo necesitas contestar 3 preguntas y es el criterio del portero el que te deja ingresar o no). 

¿Por qué hay tanta fascinación por este simple boliche? Dicen que al entrar podes ser vos mismo, no hay distinción de sexos, se respira libertar tanto de identidad como sexual y podes dejarte llevar sin que a nadie le importe.

Rosalia confesó que no fue por la discoteca que le puso ese nombre a la cancion, (que en este momento es una de las más reconocidas de los últimos tiempos).

 Al apropiarmela, en mis pensamientos musicalizados, sí la llevo a esa sexualidad reprimida, a ese pensamiento rumiante que busca liberarse, a ese duelo y toxicidad circular que hace que todo vuelva a empezar, a utilizar el sexo como instrumento de validación para sentirse amado, y a esa plegaria que sólo un milagro puede salvarte.



Berghain - Rosalia feat Bjork

Seine Angst ist meine AngstSeine Wut ist meine WutSeine Liebe ist meine LiebeSein Blut ist mein Blut
Die Flamme dringt in mein Gehirn einWie ein Blei-TeddybärIch bewahre viele Dinge in meinem Herzen aufDeshalb ist mein Herz so schwer
Seine Angst ist meine AngstSeine Wut ist meine WutSeine Liebe ist meine LiebeSein Blut ist mein Blut
Yo se muy bien lo que soyTernura pa'l caféSolo soy un terrón de azúcarSé que me funde el calorSé desaparecerCuando tú vienes es cuando me voy
Seine Angst ist meine AngstSeine Wut ist meine WutSeine Liebe ist meine Liebe (this is divine intervention)Sein Blut ist mein Blut
The only way to save us is through divineInterventionThe only way I will be saved is through divineIntervention
I'll fuck you till you love meI'll fuck you till you love meI'll fuck you till you love me
Till you love meTill you love meTill you love meTill you love meTill you love meLove meTill youTill you love me
I'll fuck you till you love meI'll fuck you till you love meLove meLove meLove meLove me

Traducción Español

Su miedo es mi miedo
Su rabia es mi rabia
Su amor es mi amor
Su sangre es mi sangre

[Verso 1: ROSALÍA]
La llama penetra mi cerebro
Como un peluche de plomo
Guardo muchas cosas dentro de mi corazón
Por eso mi corazón es tan pesado

[Coro]
Su miedo es mi miedo
Su rabia es mi rabia
Su amor es mi amor
Su sangre es mi sangre

[Verso 2: ROSALÍA]
Yo sé muy bien lo que soy
Ternura pa'l café
Solo soy un terrón de azúcar
Sé que me funde el calor
Sé desaparecer
Cuando tú vienes es cuando me voy

[Coro: Björk]
Su miedo es mi miedo
Su rabia es mi rabia
(Esto es una intervención Divina)
Su amor es mi amor
Su sangre es mi sangre

[Puente: Björk]
La única manera de salvarnos es con intervención divina
La única manera en que yo me salvaré (Es con) la intervención divina

[Outro: Yves Tumor]
Te follaré hasta que me ames
Te follaré hasta que me ames
Te follaré hasta que me ames
Hasta que me ames
Hasta que me ames
Hasta que me ames
Hasta que me ames
Hasta que me ames
Ámame 
Hasta que, hasta que me ames
Te follaré hasta que me ames
Te follaré hasta que me ames
Ámame 
Ámame 
Ámame 
Ámame 



martes, 28 de enero de 2025

Capitulo 24


El sol de la mañana iluminaba el pequeño taller de chocolates de Bel, haciendo que el brillo de los moldes y los utensilios de acero relucieran como si estuvieran hechos de plata. Había dedicado la mayor parte de su tiempo libre a transformar ese espacio en un lugar que reflejara su pasión. Todo estaba en su lugar: desde las cajas cuidadosamente apiladas en una esquina hasta las etiquetas que ella misma había diseñado, listas para adornar los pedidos. Era un lugar que hablaba de su esfuerzo, su creatividad y su dedicación.

Sofía llegó puntual, luciendo una sonrisa que parecía iluminar más que el sol que entraba por la ventana. “Wow, esto es increíble,” dijo mientras sus ojos recorrían cada detalle del taller. “Es como un pequeño paraíso del chocolate.”

“Gracias,” respondió Bel, sintiendo cómo un leve rubor le subía a las mejillas. “Es mi refugio, mi lugar favorito.”

Sofía se acercó a una bandeja donde Bel estaba trabajando en unos bombones de caramelo salado. “¿Haces todo esto tú sola?” preguntó con admiración.

“Sí, todo,” respondió Bel, levantando un molde para mostrárselo. “Desde los sabores hasta los empaques. Es agotador, pero vale la pena.”

Durante la siguiente hora, Bel le mostró a Sofía todo el proceso, desde cómo templaba el chocolate hasta cómo rellenaba los moldes con precisión. Sofía la observaba fascinada, haciendo preguntas que mostraban su curiosidad y admiración.

“Siempre he querido aprender a hacer algo así,” confesó Sofía mientras probaba uno de los bombones recién terminados. “Pero creo que no tengo el talento ni la paciencia.”

Bel sonrió. “No se trata de talento, solo de práctica… y de mucho amor por lo que haces.”

La conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de sus vidas, de los lugares que querían visitar y de las cosas que las apasionaban. Descubrieron que tenían gustos similares en música y películas, y Sofía se rió al darse cuenta de que ambas compartían una fascinación por las novelas de misterio.

Fue cuando se sentaron a tomar café en el living que la conversación tomó un giro inesperado. Sofía, con su curiosidad habitual, notó el libro que descansaba en la mesita. “¿Qué es esto?” preguntó, tomando el volumen en sus manos.

Bel sintió una punzada de nerviosismo. “Es solo un libro viejo que encontré,” respondió, quitándole importancia, aunque el nudo en su estómago le decía que no podía escapar tan fácilmente.

Sofía pasó los dedos por la cubierta desgastada y levantó la vista con una sonrisa traviesa. “¿Es una novela? ¿Una de esas historias… diferentes?”

“¿Diferentes cómo?” preguntó Bel, evitando a propósito responder directamente.

“Ya sabes,” dijo Sofía, bajando ligeramente la voz como si estuviera compartiendo un secreto. “Historias que exploran los límites de lo… prohibido. Siempre me han fascinado. ¿Alguna vez viste esas películas de cine Z que pasan en los canales de cable a la madrugada?”

Bel se sonrojó instantáneamente y bajó la mirada, fingiendo acomodar su taza de café. La descripción de Sofía era exacta a lo que alimentaba sus fantasías desde que era adolescente. Pero decirlo en voz alta, admitirlo frente a ella, era un paso que no estaba segura de querer dar.

“Quizás… alguna vez,” dijo finalmente, tratando de sonar casual, aunque sentía que su corazón latía con fuerza.

Sofía sonrió como si hubiera entendido perfectamente. “Es que son fascinantes, ¿no crees? No por lo explícito, sino porque despiertan algo… algo que no siempre admitimos querer explorar.”

Bel asintió en silencio, sorprendida por lo mucho que resonaban esas palabras en ella. Nunca había hablado de esas cosas con nadie, ni siquiera con su psicóloga. Pero Sofía lo hacía sonar tan natural, tan libre de juicio, que por un instante pensó en abrirse completamente.

“¿Y este libro?” continuó Sofía, hojeando las páginas con curiosidad. “¿Es una de esas historias?”

Bel no supo qué responder. La imagen de NC, de los sueños recientes, de todo lo que había tratado de enterrar durante años, pasó fugazmente por su mente. “Es una historia complicada,” dijo finalmente. “Digamos que tiene muchos matices.”

Sofía dejó el libro a un lado y tomó otro sorbo de café, observándola con esa mirada cálida que parecía invitarla a compartir más. “Me encantaría leerlo algún día. Quizás también me inspire. Siempre me han intrigado los límites de las historias que desafían nuestras ideas preconcebidas.”

Bel tragó saliva, sintiendo cómo una conexión instantánea se formaba entre ellas. No se trataba solo de las palabras, sino de la manera en que Sofía parecía entenderla sin que ella tuviera que explicar demasiado.

Cuando Sofía se despidió, dejando un rastro de su perfume en el aire, Bel cerró la puerta con una mezcla de alivio y agitación. Se giró hacia la mesita del living, donde el libro seguía reposando, y por primera vez en mucho tiempo no lo vio como una amenaza, sino como una invitación.

Casi sin pensarlo, tomó el libro y lo abrió. Sus ojos recorrieron las páginas, deteniéndose en las ilustraciones que parecían sacadas directamente de sus sueños. Había imágenes de castillos, de mujeres atadas con cuerdas finas y de símbolos que le resultaban inquietantemente familiares. Todo estaba relatado en una caligrafía antigua, perfectamente diagramada, como si cada palabra hubiera sido escrita con un propósito claro.

Algo que le llamó especialmente la atención fue la ausencia de un autor. “Es raro,” pensó, mientras pasaba una página tras otra, tratando de encontrar alguna referencia que explicara el origen de ese libro. Pero no había nada, solo esas imágenes y relatos que parecían conectarla con algo más grande.

Finalmente, dejó el libro sobre la mesita, se levantó, respiró profundamente y se dirigió a la cocina para preparar la cena. Los aromas cálidos de las especias y el sonido del agua hirviendo llenaron el espacio, devolviéndola a la rutina.

Esa noche, después de cenar y ordenar todo, Bel se acostó en su cama, tratando de apagar los pensamientos que rondaban su mente. Pero apenas cerró los ojos, el sueño la arrastró nuevamente a ese mundo que no podía controlar.



Bel estaba atada de manos, reclinada sobre una tarima, en el centro de la sala, su cuerpo semidesnudo estaba expuesto y vulnerable, cada curva y ángulo iluminado por el suave resplandor de las velas. NC, su amo y señor, se paseaba lentamente alrededor de ella, la fusta en su mano, sus ojos recorriendo su cuerpo como si fuera un territorio por conquistar.


Bel trataba de hablar, pero las palabras no salían. Solo podía mirarlo, atrapada en ese momento. NC levantó una mano y, con un gesto la señalo. “Esto es lo que pasa cuando te olvidas de quién eres,” le dijo a bel.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo apareció Sofía, con su sonrisa cálida, acercándose lentamente. Puso una mano sobre el hombro de Bel y le susurró: “Persigue tus deseos, no los ignores.”

Acto seguido, Sofía le estaba sosteniendo las muñecas con fuerza, en su rostro se observaba una sonrisa cálida y perversa alismontiempo. "Déjate llevar, Bel," susurró ella, con su voz angelical.
NC levantó la fusta y la dejó caer sobre sus nalgas.Bel jadeó, su cuerpo se arqueo con el golpe, sintiendo un latigazo mezcla de dolor y placer.
 
"Uno," contó Bel, con voz temblorosa pero decidida. Sofía apretó más sus manos, dándole fuerza.
 
Una y otra vez, NC azotó a Bel, cada golpe dejando su piel cada vez más colorada, cada latigazo llevándola más alto, empujándola más lejos. Bel contó cada golpe,  en su voz se la  sentía cada vez mas resignada a su destino.

"Veinte," jadeó Bel, su cuerpo temblando, sus piernas apenas sosteniéndose. "Por favor," suplicó Bel, "Lo necesito dentro de mí. Por favor, mi señor."
 
NC dejó caer la fusta y se acercó a Bel, acaricio con sus manos  sus nalgas enrojecidas, su piel estaba caliente. Sofía observaba.
 Bel gritó cuando NC la penetró, su cuerpo temblo recordando una pasión que se había obligado a olvidadar de sentir. Él comenzó a moverse, cada acción llevándola más alto, empujándola más cerca del orgasmo.
 
"Mi señor," jadeó Bel, con su voz entrecortada. "Puedo acabar... por favor"
 
NC dijo algo que bel no logró entender, su cuerpo se tensó sobre su propio clímax alcanzando junto a ella. 



Bel se despertó sobresaltada, con la respiración agitada. Miró hacia la mesita, donde el libro seguía esperándola, como si fuera un testigo silencioso de todo lo que estaba viviendo. No podía negar que algo dentro de ella estaba cambiando. "De nuevo", pensó, mientras pasaba una mano por su frente húmeda de sudor.

Se sentó en el borde de la cama, dejando que la luz tenue del amanecer iluminara el cuarto. Durante unos minutos, se quedó inmóvil, mirando el libro como si estuviera evaluando si debía abrirlo una vez más. Era como si el objeto tuviera vida propia, como si le hablara en un idioma que solo ella podía entender.

Finalmente, suspiró, dejando que el aire escapara de sus labios como si liberara algo más profundo. “No ahora,” se dijo en voz baja. “Hoy tengo que volver a ser yo.” se dio vuelta y se quedó en la cama remolineando.


sábado, 25 de enero de 2025

Capitulo 22

El despertador sonó, anunciando un nuevo día. Bel abrió los ojos lentamente, dejando que la luz que se colaba por las cortinas inundara la habitación. Su mente, por reflejo, volvió a NC, pero esta vez no había dudas ni angustias. Se dijo a sí misma: “Ya está. Esto era todo. Eran fantasmas del pasado. No hay nada más que buscar ahí.” Era como si algo hubiera hecho clic en su interior, liberándola.

Se preparó un café mientras las palabras de la psicóloga regresaban a su mente. “No te prives de perseguir tus deseos,”  Bel simplemente murmuró para sí misma: “A esta altura de mi vida… ¿en qué estoy pensando? Tengo una vida, un negocio que está creciendo y un futuro por construir. Basta de distracciones.”

Mientras repasaba mentalmente su día, se dio cuenta de que estaba llena de pendientes: el banco, los pedidos de chocolate y frutos secos, y una sesión de gimnasio. “Un día lleno, pero sin fantasmas,” pensó, sintiendo una calma extraña que la acompañó mientras se preparaba para salir.

Su primera parada fue el banco. Subió al subte y dejó que el vaivén del tren y el murmullo de los pasajeros llenaran el espacio. Al llegar al barrio de Recoleta, las calles impecables y los edificios elegantes le dieron una sensación de estabilidad. Entró al banco y fue directo al escritorio de Javier, su agente de cuenta, quien la recibió con su habitual sonrisa.

“Bel, qué gusto verte,” la saludó él. “¿Cómo va todo?”

“Va bien, Javier. Estoy aquí porque quiero dar el siguiente paso. Necesito saber qué posibilidades tengo de obtener un crédito para abrir mi tienda,” explicó, tomando asiento.

Javier revisó algunos números antes de responder: “Tu negocio tiene mucho potencial, pero todavía necesitamos un poco más de respaldo para aprobar el crédito. Estás cerca, pero no lo suficiente.”

Bel suspiró, tratando de no mostrar su frustración. “Gracias, Javier. Seguiré trabajando en ello.”

Al salir, respiró hondo y se permitió unos segundos para procesar la noticia. “Siempre estoy cerca, pero nunca lo suficiente,” pensó, aunque decidió no dejarse vencer por el desánimo. “Lo lograré. Es solo cuestión de tiempo.”

Al mediodía, se encontró con su novio en un pequeño restaurante cerca de su casa. La luz natural inundaba el lugar, y el aroma a comida casera llenaba el aire. Él ya estaba en la mesa, esperándola con su sonrisa de siempre.

“¿Cómo te fue en el banco?” preguntó mientras ella tomaba asiento.

“Podría haber sido mejor,” admitió Bel, suspirando. “Pero estoy avanzando. Al menos eso es algo.”

“Lo lograrás. Eres la persona más determinada que conozco,” dijo él, con una sinceridad que la hizo sonreír.

Mientras almorzaban, Bel sintió el impulso de proponer algo diferente. “¿Sabes? Este fin de semana podríamos hacer algo distinto. Algo que nos saque de la rutina. ¿Qué te parece?”

Él levantó la mirada del plato, curioso. “¿Como qué?”

“No sé, algo inesperado. Tal vez role-playing o alguna actividad que nos haga salir de lo convencional,” sugirió, tratando de medir su reacción.

Él sonrió con amabilidad, pero su respuesta fue la que ella ya esperaba. “Sabes que eso no es lo mío. Pero si tienes otra idea, más normal, podemos intentarlo.”

Bel intentó no mostrar su decepción y cambió de tema, aunque no pudo evitar sentir un leve vacío. “¿Por qué siempre me topo con este muro?”

Por la tarde, fue al gimnasio. Las rutinas habituales le ayudaron a despejar su mente, pero lo que realmente marcó el día fue su encuentro con Sofía, la chica de la coleta. Después de terminar la clase, se armó de valor y la detuvo con una sonrisa nerviosa.

“Hola… ¿Te gustaría tomar algo? Una bebida energética, quizás,” dijo, sorprendida por su propia iniciativa.

Sofía la miró con una sonrisa cálida. “Claro, me encantaría.”

Se sentaron juntas en una de las mesas del bar y comenzaron a hablar. Sofía tenía 35 años, se había mudado recientemente al barrio y confesó, entre risas, que no conocía a mucha gente. “Es raro no tener amigas cerca, así que gracias por invitarme. Es lindo poder charlar con alguien.”

Bel sintió una oleada de orgullo por haber vencido su timidez. Había algo refrescante en esa conversación, algo simple pero lleno de potencial. No necesitaban hablar de grandes cosas; la conexión ya estaba ahí.

Cuando llegó a casa esa noche, estaba animada y revitalizada. El día no había sido perfecto, pero había sido suficiente. Se sentía fuerte, como si no hubiera barrera que no pudiera derribar. “Esto es lo que necesito,” pensó mientras se duchaba. Al acostarse, acarició el dije que colgaba de su cuello y cerró los ojos, satisfecha con lo que había logrado.

martes, 21 de enero de 2025

Capitulo 18

El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas del bungalow cuando Bel abrió los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y melancolía. Era el último día en el paraíso caribeño, y aunque el viaje había sido inolvidable, algo en ella ansiaba regresar a casa. Quizás fuera el cansancio acumulado o la necesidad de enfrentar las preguntas que había dejado atrás.

Ramón llegó puntual a las diez de la mañana, con su sonrisa característica y esa calidez que parecía impregnarlo todo. “¿Listos para el regreso?” preguntó, mientras cargaba las valijas en el Jeep. Bel asintió, agradecida por su amabilidad, aunque una parte de ella se sentía aliviada de que el viaje estuviera llegando a su fin.

Durante el trayecto al aeropuerto, las vistas que tanto la habían fascinado al llegar parecían tener ahora un tono más melancólico. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa, y las playas, bañadas por el sol, eran un recordatorio de los días pasados. Su pareja intentaba animarla con comentarios sobre el paisaje y bromas ligeras, pero Bel estaba demasiado inmersa en sus pensamientos para responder con algo más que sonrisas cortas.

En el aeropuerto, todo transcurrió con rapidez. Sin embargo, al llegar al control de seguridad, Bel sintió un leve cosquilleo de nerviosismo. ¿Para qué traje ese juguete si ni siquiera lo usé? pensó, mientras pasaba el escáner con su bolso de mano. Aunque nadie parecía prestar atención, la vergüenza la invadió por completo, y no pudo evitar una sonrisa nerviosa. Definitivamente, esto no era necesario penso.

El vuelo de regreso transcurrió en calma, pero no con la paz que Bel esperaba. Sentada junto a la ventanilla, observaba cómo las nubes se extendían como un mar infinito bajo el avión. Su pareja dormía profundamente a su lado, mientras ella repasaba una y otra vez los eventos que habían marcado las últimas semanas.

La conexión con el dije era algo que no podía ignorar. Cada vez que lo tocaba, sentía algo inexplicable: un eco de sus sueños, una claridad momentánea que parecía iluminar las preguntas que la atormentaban. Pero al mismo tiempo, las iniciales grabadas en el la silla y en el dije que colgaba en la mano de ese hombre, daban vuelta en su cabeza, esas que ella creía saber a quién pertenecían, eran un recordatorio de algo que había enterrado en un cofre bajo tierra encadenado bajo siete llaves. ¿Por qué ahora? se preguntó, sintiendo que liberar esos recuerdos sería como abrir una puerta que tal vez no podría cerrar.

Las palabras de Alondra también resonaban en su mente: “Persigue tus sueños.” ¿Acaso ella entendía lo que eso significaba para Bel? ¿Lo que implicaba enfrentarse a sus deseos más profundos, esos que apenas lograba aceptar para sí misma?

Y luego estaban los bombones, la orden misteriosa que parecía haber sido una señal más en un encargado  extravagante que no lograba comprender. Pero lo que más la desconcertaba era la imagen de la chica de la coleta, la princesa de sus sueños. Esa sí que no encaja, pensó, cerrando los ojos por un momento. ¿Por qué aparecía en todo esto? ¿Qué significaba?

El aterrizaje en Ezeiza la sacó de sus pensamientos. Ya en la terminal, mientras recogían sus valijas, su pareja se acercó y le dijo: “¿Querés que me quede con vos? Pedimos algo para comer, nos relajamos y descansamos juntos.”

Bel lo miró, notando el cariño en su oferta. Pero algo en ella necesitaba espacio, tiempo para procesar todo lo que había vivido. “Gracias, pero no,” respondió con una sonrisa suave. “Estoy agotada, y mañana tengo un día complicado. Mejor nos vemos el fin de semana.”

Él asintió, respetando su decisión. “Está bien. Me avisas si necesitas algo, ¿sí?”

Cuando finalmente llegó a su departamento, Bel sintió una oleada de alivio al cerrar la puerta detrás de ella. El silencio del lugar, la familiaridad de sus cosas, le proporcionaron un consuelo que no había encontrado en el viaje. Dejó las valijas junto a la entrada y se dirigió directamente al placar. Sabía lo que quería hacer. El libro.

Abrió la puerta del armario, sacando el libro con cuidado. Sus dedos recorrieron la tapa, reconociendo cada detalle que había observado antes. Pero cuando estuvo a punto de abrirlo, algo la detuvo. Todavía no, pensó, cerrándolo de nuevo. No esta noche.

Dejó el libro sobre la mesa del living y caminó hacia su habitación. Al caer sobre la cama, dejó escapar un suspiro. “Por fin en mi cama,” murmuró, mientras sentía cómo el cansancio se apoderaba de ella. 
Antes de quedarse dormida, acarició el dije con los dedos, buscando la sensación familiar que siempre le proporcionaba. Y ahí estaba, como una conexión que la tranquilizaba se quedó dormida.


domingo, 19 de enero de 2025

Capitulo 15


El sol comenzaba a colarse tímidamente por las ventanas del bungalow cuando Bel abrió los ojos. Se sentía revitalizada, como si el día la llamara a vivir algo especial. Era el día del masaje en pareja, y la idea de tener a Alondra tan cerca, tocándola, la llenaba de una mezcla de excitación y nervios. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras acariciaba el dije que colgaba de su cuello, como si este compartiera su emoción secreta.

Su pareja aún dormía profundamente, con la respiración acompasada. Bel decidió levantarse y prepararse con calma. Se dio una ducha rápida y dejó que el agua caliente recorriera su piel, relajándola y avivando al mismo tiempo su imaginación. No podía evitar pensar en cómo sería estar en esa sala de masajes, con Alondra a su lado, sintiendo sus manos recorrer su cuerpo, mientras veía como masjeaban a su novio. A Bel le gustaba verlo disfrutar mientras estaba con otra mujer, una fantasía que nunca le había atrevido a contrasela.

Cuando estuvieron listos, caminaron juntos hacia el spa. El camino estaba bordeado por cañas de bambú que se mecían suavemente con la brisa. El sonido del viento silbando entre las hojas se mezclaba con el susurro del agua de una pequeña fuente cercana. Todo el ambiente parecía diseñado para relajar los sentidos. Un aroma a lavanda y eucalipto flotaba en el aire, y los pasos de ambos sobre el sendero de piedra parecían amortiguados por la serenidad del lugar.

La entrada al spa era un arco de madera oscura, decorado con flores tropicales y luces suaves que daban al espacio un aire íntimo y acogedor. Alondra estaba allí, esperándolos con una sonrisa que, como siempre, desarmó a Bel. Junto a ella había otra masajista, su nombre era Thai, una mujer de piel morena y rasgos delicados, con una gracia especial en cada movimiento. Llevaba un uniforme blanco impecable que contrastaba con la calidez de su mirada.

“Bienvenidos,” dijo Alondra, con ese tono melodioso que parecía envolver a cualquiera que la escuchara. “Hoy tendrán una experiencia inolvidable.”

“Eso espero,” respondió Bel, intentando que su voz no traicionara la mezcla de emociones que sentía.

Alondra las guió a una sala amplia y serena, iluminada por velas y con paredes cubiertas de tejidos en tonos neutros. En una esquina, un pequeño jardín zen con piedras y arena blanca completaba el ambiente. Dos camillas estaban preparadas, cada una adornada con toallas perfectamente dobladas y flores frescas. El aroma a aceites esenciales llenaba el espacio, creando un efecto casi hipnótico.

“Por favor, acomódense,” dijo Thai, con una sonrisa cálida. “Yo me encargaré de ti,” añadió, dirigiéndose a la pareja de Bel.

Bel y su pareja intercambiaron una mirada antes de quitarse las batas y acostarse en las camillas. La sensación de la tela suave bajo su cuerpo y el calor del aceite que Alondra vertió sobre sus manos antes de empezar a masajearla fueron suficientes para que cerrara los ojos y se dejara llevar.

El primer contacto fue electrizante. Las manos de Alondra eran firmes pero delicadas, y cada movimiento parecía estar calculado para despertar sensaciones que Bel no había experimentado antes. A medida que las caricias se volvían más profundas, Bel sintió cómo su cuerpo se relajaba, pero su mente, en cambio, se agitaba.

Por el rabillo del ojo, alcanzó a ver cómo la otra masajista trabajaba con su pareja. Las manos de la mujer recorrían su espalda con una gracia que parecía casi teatral. Bel no podía evitar imaginarse lo que él estaría sintiendo y su mente fantaseaba con ver sus cuerpos mezclados teniendo sexo . Una mezcla de celos y excitación la invadió. La idea de que otra mujer tocara a su pareja la llenó de una sensación que no podía explicar del todo. ¿Era el placer de verlo disfrutar? ¿O era algo más oscuro, más visceral?

“¿Estás bien?” susurró Alondra cerca de su oído, interrumpiendo sus pensamientos.

“Sí… más que bien,” respondió Bel, apenas pudiendo controlar el temblor en su voz.

El masaje continuó, y cada vez que las manos de Alondra se deslizaban por sus hombros o sus piernas, Bel sentía cómo una corriente eléctrica recorría su cuerpo. Hubo un momento en el que sus ojos se abrieron, y encontró la mirada de Alondra. Fue fugaz, pero suficiente para que su respiración se acelerara.

En la camilla de al lado, su pareja soltó un suspiro de satisfacción. Bel lo observó por un instante, notando cómo se relajaba completamente bajo las manos expertas de la otra masajista. Aunque no quería admitirlo, aquello la excitaba más de lo que debería.

Cuando el masaje terminó, Alondra la ayudó a levantarse. “Espero que lo hayas disfrutado,” dijo, con una sonrisa que parecía esconder un mundo de secretos.

“Mucho,” respondió Bel, con las mejillas ardiendo.

Mientras salían del spa, su pareja tomó su mano y comentó: “No sabía que esto podía ser tan relajante. Me alegra que me convencieras.”

Bel sonrió, pero su mente seguía atrapada en las sensaciones que Alondra había despertado. Ahora, más que nunca, sabía que ese viaje le estaba mostrando facetas de sí misma que nunca había explorado.

Esa noche, mientras descansaban en el bungalow, Bel no pudo evitar recordar cada detalle del masaje. Las manos de Alondra tocando sus muslos, la sensación de compartir esa experiencia con su pareja y las emociones contradictorias que todo aquello le había provocado. Se abrazó al cuerpo de su pareja, buscando consuelo en su calor, pero en el fondo sabía que sus fantasías no eran compartidas y que su mente era un torbellino de emociones difíciles de aplacar.



Capitulo 14

El día comenzó temprano, con el sol caribeño iluminando el bungalow y el sonido de las olas rompiendo en la distancia. Bel despertó despacio, sintiendo cómo la calidez del ambiente la invitaba a quedarse unos minutos más bajo las sábanas. Su pareja ya no estaba en la cama. Como cada mañana, había salido a caminar por la playa, dejándola disfrutar de un despertar tranquilo.

Bajó al restaurante, aún con el cabello ligeramente húmedo tras una ducha rápida. Él la esperaba en una mesa junto a la ventana, donde el aroma del café recién hecho se mezclaba con el aire salado. Tenía un folleto en las manos y una sonrisa en el rostro.

“Llegas tarde, dormilona,” la saludó, levantando la mirada. “Hoy nos esperan salsa, acuagym y yoga. ¿Lista para que demostremos nuestras habilidades?”

Bel arqueó una ceja, divertida. “¿Nuestras habilidades? Si apenas puedes coordinar dos pasos sin pisarme.”

Él fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho. “Eso fue en nuestra primera cita. He mejorado, te lo aseguro.”

“Bueno, veremos qué tan ciertas son tus palabras,” respondió ella, con una sonrisa que escondía un leve rubor.

La clase de salsa tuvo lugar bajo una pérgola adornada con flores tropicales, mientras el instructor, un hombre de unos 30 años con movimientos perfectos, guiaba al grupo con energía. “Sientan el ritmo, dejen que el cuerpo fluya,” decía mientras ejecutaba un giro impecable. Bel intentaba seguirlo, pero cada tanto tropezaba con su pareja, quien, en lugar de molestarse, soltaba risas cómplices y vergonzosas.

“Creo que necesitamos más prácticas privadas,” bromeó él, sujetándola con firmeza para evitar otro tropezón.

“Más bien un milagro,” respondió ella, tratando de contener su propia risa.

A su alrededor, una pareja joven intentaba sin éxito seguir los pasos, mientras un grupo de gente mayor improvisaba movimientos exagerados, arrancando más risas que pasos coordinados. Bel se sintió parte de algo alegre y despreocupado, y por un momento olvidó las tensiones que traía consigo.

El acuagym fue un cambio refrescante. En la piscina, rodeados de turistas entusiasmados, una instructora con energía desbordante los guiaba con música animada de fondo. “¡Arriba esas piernas! ¡Eso es, como si estuvieran bailando en el agua!” gritaba, mientras algunos seguían los movimientos y otros, como un hombre robusto que parecía más interesado en flotar que en ejercitarse, se convertían en el centro de atención.

“Ese tipo parece más un pato que un turista,” murmuró Bel, haciendo que su pareja soltara una risa contenida.

“Si alguien debe rescatarlo, espero que no sea yo,” respondió él, con una sonrisa que reflejaba más diversión que burla.

Ambos compartieron una mirada cómplice mientras trataban de seguir los movimientos. A pesar de sus intentos, las risas del resto del grupo eran inevitables.

La sesión de yoga, frente a la playa, fue el broche de oro de la mañana. Las posturas fluían con la brisa marina, y el sonido de las olas creaba un ambiente casi mágico. Bel cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba poco a poco. Su pareja, aunque menos flexible, también parecía disfrutar del momento, aunque de vez en cuando lanzaba alguna mirada de complicidad hacia ella cuando perdía el equilibrio.

Tras un almuerzo ligero junto a la piscina, Bel decidió dar un paseo por el resort mientras él se quedaba descansando. Fue entonces cuando vio a Alondra, organizando aceites y toallas cerca del spa. La joven la saludó con un gesto amistoso, y Bel, aunque algo tímida, decidió acercarse.

“¿Trabajas aquí también?” preguntó, intentando sonar casual.

“Sí, soy masajista. Los masajes en pareja son una de nuestras especialidades,” respondió Alondra con una sonrisa.

Bel pensó en su pareja y en cómo podría convencerlo de probar algo diferente. “Podría ser interesante. Lo voy a consultar.”

Esa noche, mientras cenaban, Bel mencionó la idea. “Hoy descubrí que hay masajes en pareja. ¿Qué te parece si probamos uno mañana? Creo que nos vendría bien relajarnos.”

Él levantó la mirada del plato, un poco escéptico. “¿Masajes? Nunca he hecho algo así. No sé si soy el tipo de persona para eso.”

“Vamos, no es tan raro,” insistió ella. “Solo relájate y disfruta. Podría ser divertido.”

Finalmente, él accedió con una sonrisa. “Está bien, pero si mañana estoy hecho un nudo, te culparé.”

Bel rió suavemente. “Trato hecho.”

Esa noche, después de la cena, regresaron al bungalow. Su pareja parecía especialmente cariñoso, y Bel intentó dejarse llevar por la calidez del momento. Se abrazaron en la terraza, con la luna iluminando el mar. “Gracias por este viaje,” le dijo él, con esa ternura que siempre le gustaba. “Me haces feliz.”

“Yo también estoy feliz,” respondió Bel, sintiendo cómo las palabras brotaban con sinceridad, aunque una pequeña parte de ella seguía en silencio, esperando algo más.

Más tarde, cuando estaban en la cama, él comenzó a besarla con suavidad, acariciando su cuello y sus hombros. Bel respondió, dejando que las caricias de su pareja la envolvieran. Poco a poco, la habitación se llenó de murmullos suaves, de suspiros y de una conexión que, aunque tradicional y sin la intensidad que a veces imaginaba, era real.

Cuando todo terminó, él la abrazó, hundiendo su rostro en su cuello. “Te quiero,” le susurró, Bel cerró los ojos, dejando que la calidez de su cuerpo contra el de él la reconfortara, aunque una pequeña parte de su mente siguiera divagando, buscando algo que la llene más.

sábado, 18 de enero de 2025

capitulo 12

El día comenzó con un cielo despejado y un sol radiante que iluminaba el complejo. Bel se levantó temprano, sintiendo el frescor de la brisa que entraba por las ventanas abiertas del bungalow. Su pareja ya estaba despierto, revisando en el celular la app con las actividades del resort. Después de una ducha rápida, ambos se dirigieron al restaurante para el desayuno.

El comedor era un festín de colores y aromas. Había una mesa larga repleta de frutas exóticas: mangos, papayas, piñas y guayabas, todas perfectamente cortadas y dispuestas. Un chef preparaba omelets al gusto, y el aroma del café recién hecho llenaba el aire. Bel se sirvió un poco de todo, dejando que la explosión de sabores la transportara a ese estado de relajación que tanto anhelaba. Mientras saboreaba su café, sintió por primera vez en mucho tiempo que podía permitirse desconectar, aunque fuera solo por unas horas.

La mañana transcurrió entre risas y juegos en la playa. Participaron en una clase de baile caribeño organizada por el resort, donde los ritmos sensuales del merengue y la salsa llenaban el ambiente. Bel se sintió algo torpe al principio, pero la energía contagiosa de los instructores y la música terminaron por relajarla. A su pareja no se le daba mucho mejor, pero ambos se rieron lo suficiente como para disfrutar el momento.

Después del baile, tomaron un paseo en kayak por una pequeña laguna cercana al complejo. El agua era cristalina, y Bel se permitió maravillarse con los colores vibrantes de los peces que nadaban bajo ellos. Era todo tan perfecto que, por un instante, pensó que tal vez el viaje sí era justo lo que necesitaba.

El almuerzo fue en un restaurante al aire libre, con vista al mar. Un ceviche fresco, acompañado de plátanos fritos y jugos naturales, se convirtió en el plato principal de la jornada. Bel notó cómo su pareja parecía estar completamente en su elemento, disfrutando de cada detalle del lugar. Sin embargo, ella no podía evitar sentir pequeñas fisuras en su entusiasmo. Había algo que le faltaba, algo que no lograba identificar del todo.

La tarde la pasó en la playa, tomando el sol y leyendo un libro que había llevado consigo. La arena suave y la tranquilidad del lugar la ayudaron a desconectarse momentáneamente de sus pensamientos, pero, al caer la tarde, esa desconexión con su pareja que había sentido antes volvió a hacerse presente. Aunque lo quería, había algo que no lograba llenar del todo. La chispa que alguna vez los había unido parecía estar apagándose lentamente, y Bel no sabía si eso era algo que podía reparar o si simplemente formaba parte de un cambio inevitable.

Al caer la noche, ambos regresaron al bungalow para descansar. Su pareja se durmió rápidamente, pero Bel, a pesar del agotamiento físico, no lograba conciliar el sueño. La música que llegaba desde algún lugar del complejo captó su atención. Era un ritmo lento, sensual, que parecía llamarla desde la distancia.

Se levantó con cuidado para no despertarlo y se colocó un vestido de playa ligero. En sandalias, salió del bungalow y dejó que sus pasos la guiaran hacia la música. Siguió el rastro de las luces cálidas que iluminaban los senderos entre las palmeras, hasta llegar a un pequeño bar al aire libre. El lugar tenía un ambiente íntimo y acogedor, con mesas dispuestas alrededor de una pista de baile improvisada. Las velas en las mesas proyectaban sombras siszagueantes, y los músicos tocaban con una pasión que se sentía en el aire.

En el centro de la pista, una joven bailaba sola. Tenía la piel morena, el cabello lacio que caía como una cascada sobre sus hombros, y unos ojos marrones que brillaban bajo las luces. Su figura era escultural, y cada movimiento era una mezcla perfecta de fuerza y sensualidad. Bel no podía apartar la mirada. Había algo en aquella chica que la alucinaba, sintiendo que el mundo entero se desvanecía a su alrededor.

Pidió un cóctel en el bar, más por distraerse que por otra cosa. El barman le sirvió la bebida con una sonrisa, pero Bel apenas le prestó atención. Observó a la joven desde la mesa, sintiendo cómo cada giro y ondulación del cuerpo de la bailarina resonaban en su interior. Había una conexión inexplicable, una mezcla de admiración y excitacion que no lograba definir.

El tiempo pareció detenerse. La música, las luces, y la presencia hipnótica de la chica llenaron el espacio, dejándola atrapada en una burbuja de emociones y sensaciones. Finalmente, miró el reloj en el celular se quería morir eran las 02:30 hs, como paso el tiempo penso. Se levantó de la mesa con cierta prisa, dejando el vaso semi vacío, y caminó de regreso al bungalow.

El camino de vuelta fue silencioso, y la brisa nocturna la acompañó hasta llegar a su habitación. Al entrar, encontró a su pareja durmiendo profundamente, ajeno a todo lo que había experimentado esa noche. Cerró la puerta con cuidado y se dejó caer en la cama.

El techo parecía más lejano de lo habitual mientras Bel trataba de ordenar sus pensamientos, su mente vagaba en otro lugar. Las imágenes de la chica bailando seguían presentes, una especie de eco sensual que no podía describir. Se acostó boca arriba, con los ojos cerrados, y sin poder evitarlo, sus dedos comenzaron a deslizarse hacia su entrepierna. Sus pensamientos volaron hasta el castillo, donde el hombre misterioso la esperaba atada desnuda con las piernas abiertas. En su imaginación, la chica caribeña, se unió a la escena, era una doncella al servicio de la princesa, estaba preciosa con un vestido largo que resaltaban sus curvas dejando ver las piernas, Bel se dejó llevar por la fantasía de su imaginación hasta que un fuerte orgasmo la sacudió.

Cuando abrió los ojos, miró al costado y vio que su pareja seguía sumida en un sueño profundo. 'Qué inocente', pensó con una sonrisa irónica. Cerró los ojos de nuevo y dejó que el cansancio finalmente la venciera, llevándola a un sueño  profundo."


Capitulo 11

El avión aterrizó suavemente bajo un cielo estrellado. Eran alrededor de las 20 horas, y el calor del Caribe se sintió como un abrazo cálido y denso en cuanto descendieron del avión. Apenas cruzó las puertas del aeropuerto, el bullicio de turistas mezclado con la calma de los locales la envolvió en un contraste interesante. Las voces animadas se mezclaban con el sonido del equipaje arrastrándose y las risas de un grupo que, claramente, ya había comenzado sus vacaciones.

En la recogida del equipaje, todo fue rápido. Al salir, una suave brisa salada le acarició el rostro. Frente a ellos estaba Ramón, el conductor que los esperaba con un cartel improvisado donde se leía su apellido. Era un hombre alto, de piel morena y sonrisa relajada, que irradiaba confianza. Vestía una camisa de lino blanca abierta en el cuello y unos pantalones claros que combinaban perfectamente con el entorno tropical.

—Bienvenidos al paraíso —dijo con un acento pausado, mientras les ayudaba con las maletas y las cargaba en un Jeep descapotable.

Bel lo observó con atención. Su sonrisa era cálida y amigable, y había algo en él que encajaba perfectamente con el ambiente relajado del lugar. Su pareja agradeció su amabilidad mientras ella se limitaba a devolverle una sonrisa tímida.

El Jeep comenzó a avanzar por las calles flanqueadas de palmeras y pequeñas casas de colores brillantes. Cada tanto, Ramón señalaba algún punto de interés mientras hablaba con naturalidad. —Ahí está el mercado local, siempre lleno de frutas frescas y aromas únicos. Y más adelante, la plaza central, donde hay música en vivo los fines de semana.

Bel intentaba escuchar, pero sus pensamientos divagaban entre el paisaje y la sensación de desconexión que empezaba a sentir. A lo lejos, podía escuchar el murmullo del mar mezclado con el crujir de las ramas de los árboles al moverse con el viento. Ramón era encantador, pero no lo suficiente como para distraerla de la mezcla de emociones que llevaba consigo.

El Jeep continuó su camino hacia el hotel, y la vegetación comenzó a volverse más espesa. La carretera parecía desaparecer por momentos bajo un dosel de árboles, y solo la luz de la luna guiaba el trayecto. Finalmente, al cruzar una pequeña colina, apareció el hotel como un oasis iluminado en medio de la penumbra.

El complejo turístico era imponente y hermoso. Bungalows blancos de techos de paja rodeaban piscinas iluminadas que parecían lagunas naturales. Las luces cálidas del hotel contrastaban con la penumbra de la noche, y el sonido lejano de una guitarra se mezclaba con el susurro del mar. Bel bajó del Jeep y respiró profundamente. Por un momento, sintió que había llegado a otro mundo.

Un hombre uniformado los recibió y los guió hacia el vestíbulo principal. La decoración era sencilla pero encantadora: maderas claras, lámparas de conchas marinas y grandes ventanales que dejaban entrar la brisa marina. Su pareja gestionó el registro mientras ella observaba con atención los detalles: turistas descansando en sillones, un bar en la esquina del vestíbulo y un mural que mostraba una escena idílica de una playa.

Ramón cargó las maletas en un carrito de golf y les indicó que lo siguieran. —Vamos al mejor bungalow de la playa —dijo con una sonrisa amplia.

El camino al bungalow fue breve pero mágico. Las luces del hotel se reflejaban en las piscinas, y el sonido de las olas se hacía más claro con cada metro que avanzaban. Cuando llegaron, Ramón bajó las maletas y les entregó las llaves. —Disfruten su estadía. Ha sido un placer —dijo, con una última mirada amable antes de despedirse.

Bel observó el bungalow por un momento antes de entrar. La terraza daba directamente a la playa, y desde allí se podía ver el mar iluminado por la luna. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa, y las luces de algunos barcos titilaban en el horizonte. A lo lejos, un faro giraba lentamente, como si marcara el ritmo de la noche.

Cuando entraron, Bel abrió la puerta de la terraza y se quedó sin palabras ante la vista. El sonido de las olas rompiendo suavemente en la orilla, el olor salado del mar y el calor reconfortante del lugar crearon una atmósfera que la dejó maravillada.

Sin poder contenerse, se giró hacia su pareja, lo abrazó con fuerza y apoyó la cabeza en su pecho.

—Gracias —murmuró con emoción—. Esto es hermoso.

Él la sostuvo con ternura, acariciándole el cabello. —Sabía que te gustaría. Quiero que este sea un tiempo para nosotros, para desconectar y estar bien.

Ella se separó con una sonrisa tímida y caminó descalza hacia la baranda de la terraza. La madera bajo sus pies estaba cálida, y la brisa acariciaba su piel como un susurro. Desde allí, observó cómo las luces de los barcos se desvanecían y reaparecían en la distancia, mientras el faro seguía su danza constante.

—Es tan… mágico. No sé cómo explicarlo —dijo en voz baja, casi para sí misma.

Él se acercó por detrás, rodeándola con los brazos. —Es justo lo que quería para ti. Para nosotros.

Después de explorar el bungalow y tomar una ducha rápida, se dejaron caer en la cama, agotados pero satisfechos. La brisa marina seguía soplando suavemente, y el sonido del mar se colaba por las ventanas abiertas. Ella se acomodó entre las sábanas frescas y, por primera vez en mucho tiempo, no quiso pensar en nada. Su mente estaba tranquila, y su cuerpo, rendido por el largo viaje.

Sin esfuerzo, cerró los ojos y se quedó profundamente dormida, sintiendo que, al menos por esa noche, todo estaba en su lugar.

Capitulo 10


El amanecer apenas despuntaba cuando Beldandy se despertó sobresaltada. Había dormido mal, inquieta, ctemiendo quedarse dormida. 

Saltó de la cama, pensó "llego el día", se dirigió directamente a la cocina, donde preparó un café fuerte. El aroma se esparció por el aire, envolviéndola con una calidez que se mezclaba con el sueño. Miró por la ventana mientras daba el primer sorbo, dejando que el calor de la bebida la ayudara a despejarse. Repasó mentalmente el día que tenía por delante, tratando de concentrarse en las tareas prácticas que la esperaban.

La valija estaba junto a la puerta, completamente lista, pero su mirada se desvió hacia el placard. Dentro, en el fondo, estaba el libro que había recibido días atrás, cuidadosamente guardado como si al esconderlo pudiera evitar su influencia. La sola idea de volver a tocarlo hacía que una mezcla de curiosidad y aprensión recorriera su cuerpo. Pero el día estaba lleno de compromisos, y no podía permitirse detenerse a pensar más en eso.

Cuando su pareja llegó a recogerla, la encontró lista pero algo distraída. Subieron al taxi que los llevaría al aeropuerto, y él no dejó de hablar con entusiasmo sobre el viaje, el hotel y las actividades que había planeado. Mientras tanto, Beldandy observaba las calles desde la ventanilla, tratando de mantener la calma y convencerse de que unas vacaciones eran justo lo que necesitaba.

El aeropuerto estaba lleno de actividad. Pasaron por los controles habituales, y cuando llegaron al escáner de aduana, Bel sintió una punzada de vergüenza al recordar lo que llevaba en la valija. En el fondo, cuidadosamente guardado entre la ropa, estaba su juguete favorito, discreto y moderno. Era uno de esos lujos que nunca olvidaba empacar en un viaje. Al colocar su equipaje en la cinta transportadora, sintió cómo el calor subía a sus mejillas mientras pensaba: "Espero que no pregunten nada."

—¿Algo que declarar? —preguntó un oficial con tono profesional, sin levantar la vista del monitor.

—No, nada —respondió rápidamente, con una sonrisa nerviosa.

El oficial asintió y dejó que pasara. Beldandy soltó un suspiro de alivio y siguió caminando junto a su pareja, intentando calmarse mientras él no dejaba de hablar sobre lo bien que lo pasarían.

Finalmente, llegaron a la sala de embarque. Bel, agotada por el madrugón, se recostó en los asientos y cerró los ojos por un momento. Aunque intentaba relajarse, su mente seguía girando en torno a los mismos temas: el libro, el sueño, el castillo, las palabras que la habían perseguido.

Cuando subieron al avión, se acomodó en el asiento junto a la ventanilla. Observó cómo las luces del aeropuerto se desvanecían mientras el avión tomaba altura. Las instrucciones de seguridad resonaban en el fondo, pero su atención estaba fija en el paisaje que comenzaba a desplegarse bajo ellos.

El sueño la venció poco después de que el avión alcanzara su altitud de crucero. Recliné el asiento y dejó que el cansancio hiciera lo suyo.

De repente estaba en un castillo envuelto en niebla, una construcción imponente que parecía haber sido arrancada de las páginas del libro que había recibido. Las paredes de piedra estaban cubiertas de enredaderas oscuras, y el aire era pesado, cargado de misterio. Al entrar, sus pasos resonaron en el suelo de adoquines mientras avanzaba por un pasillo interminable. Cada rincón estaba decorado con símbolos que le resultaban vagamente familiares, serianlos mismos que había visto en los bombones que había preparado?.

De repente, una princesa apareció ante ella, era la misma chica de la coleta que había visto en el gimnasio. Vestía un vestido blanco que contrastaba con la oscuridad del lugar, y sus ojos azules brillaban con una intensidad desconcertante. La princesa tomó su mano y la guió por el pasillo. Su tacto era firme pero cálido, y Bel no pudo evitar notar la suavidad de su piel y cómo su proximidad la hacía estremecer.

—Debes pagar el precio —le dijo la princesa, con una voz que resonó en las paredes como un eco lejano.

Antes de que pudiera responder, la llevó a una mazmorra iluminada por antorchas, donde la esperaba el hombre de ojos claros. No distinguía su rostro pero le era extremadamente familiar, como si lo hubiera conocido en otro tiempo o lugar. La miró con intensidad mientras la princesa se acercaba a ella.

Beldandy se dio cuenta de que estaba desnuda, sus brazos atados por cadenas que colgaban de un pilar de piedra y sus piernas levemente  abiertas la dejaban totalmente expuesta. La vulnerabilidad del momento no la aterrorizaba del todo; había algo en la cercanía de la princesa que le hacía perder el miedo y en cierto modo la excitaba. Los ojos de la joven eran tan intensos que parecían leer cada rincón de su mente.

La princesa deslizó sus dedos por su brazo, provocándole un escalofrío que recorrió su cuerpo entero, luego recorrió su cuerpo deslizando hasta la entrepierna, todo era tan real que el solo roce le provocó un intenso orgasmo. Toda el sueño parecía diseñado para desarmarla por completo.

El hombre cogió una fusta y la levantó ligeramente, como si estuviera evaluando su peso. Sus movimientos eran lentos, casi ceremoniales. Beldandy sintió cómo la tensión crecía dentro de ella, una mezcla de miedo y algo mas, algo que no podía ni quería nombrar.

Cuando estaba a punto de hablar, una puerta en la mazmorra se abrió y una ráfaga de viento apagó las antorchas. La oscuridad la envolvió justo antes de que pudiera ver qué sucedería.

—Recuerda —murmuró una voz, y Bel despertó sobresaltada.

—¿Estás bien? —le preguntó su pareja, tocándole suavemente el brazo.

Bel lo miró, estaba aún desorientada, tocó su entrepierna, estaba humeda. Avergonzada, asintió y trató de esbozar una sonrisa.

—Sí, estoy bien —respondió, aunque sabía que no era del todo cierto.

Mientras el almuerzo llegaba, intentó calmarse y regresar al presente, pero su mente seguía atrapada en las imágenes del sueño.

Cuando la noche comenzó a caer, las primeras luces del Caribe aparecieron en el horizonte. Las observó desde la ventanilla, con el rostro pegado al vidrio. Las pequeñas islas parecían parpadear como estrellas reflejadas en el agua, y por un instante, se permitió sentirse emocionada. Quizás, después de todo, unas vacaciones serían justo lo que necesitaba.


Lorde Ft. Khalid-Post Malone&SZA - Homemade dynamite

 Musicalizando la historia de mi Amito...



jueves, 16 de enero de 2025

Capítulo 8


La mañana comenzó con una sensación de inquietud que Beldandy no lograba disipar. Despertó envuelta en dudas e incertidumbre, con esa extraña sensación de que algo en su vida estaba desajustado. La luz del sol se filtraba por las cortinas, marcando el inicio de otro día que prometía estar lleno de preguntas sin respuestas. Se levantó lentamente, tratando de despejar su mente, pero la conexión que había sentido con el dije la noche anterior seguía rondándola.

El viaje al Caribe estaba cada vez más cerca, y aunque su novio parecía entusiasmado, Beldandy no podía evitar sentirse abrumada. Mientras preparaba café, intentaba racionalizar sus emociones. ¿Por qué ese viaje se sentía más como una imposición que como una escapatoria?

El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos. Era un mensaje de su pareja:
"¿Estás lista para nuestra aventura? Te llamo en un rato para contarte más detalles."

Suspiró, dejando el teléfono sobre la mesa. La idea del viaje flotaba en su mente como algo lejano y confuso. Un rato después, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez, era una llamada.

—¡Hola, Bel! —saludó su novio con entusiasmo—. Estuve revisando todo sobre el hotel. ¡Es increíble! Tiene vista directa a una playa privada, y ofrecen cenas al atardecer en la orilla. También hay actividades como buceo y paseos en bote. Vas a amarlo.

Ella escuchó en silencio, tratando de contagiarse de su entusiasmo.

—Suena genial —respondió, intentando sonar genuina, aunque una pequeña parte de ella quería gritar.

—Sé que estás ocupada con tus pedidos, pero estoy seguro de que este viaje será lo que necesitas.

—Tal vez… —murmuró, más para sí misma que para él.

Al colgar, su mirada volvió al libro que seguía sobre la mesa del living. Era imposible ignorarlo. Algo en su interior la empujaba hacia él, como si la estuviera llamando, pero la incertidumbre la detenía. Se sentó frente a él, dejando que sus dedos acariciaran la cubierta oscura.

"¿Qué tiene este libro?", pensó mientras sentía el peso de la curiosidad sobre sus hombros. La conexión con el dije parecía haber despertado algo en su interior, algo que no lograba descifrar. Pero no se atrevió a abrirlo. No todavía.

Decidió distraerse y se preparó para ir al gimnasio. El ejercicio siempre había sido una vía de escape para liberar tensiones. Al llegar, buscó entre las caras conocidas, pero la chica de la coleta no estaba. La ausencia de esa figura que tanto había captado su atención dejó un vacío inexplicable.

Después de una hora de entrenamiento intenso, regresó a casa sintiéndose físicamente agotada, pero con la mente todavía inquieta. Buscó refugio en su sofá, preparó un té caliente y encendió Netflix.

Eligió una de esas películas de culto que tanto le gustaban, una historia llena de simbolismos y personajes atrapados en dinámicas complejas. A medida que avanzaba la trama, Beldandy se dio cuenta de que la película estaba cargada de escenas subidas de tono, pero no de manera explícita, sino con una sensualidad elegante y cruda que la mantenía absorta. Las miradas intensas entre los protagonistas, los roces accidentales que se transformaban en caricias calculadas, todo estaba diseñado para despertar emociones profundas en el espectador.

Aunque estaba acostumbrada a este tipo de historias, algo en esta película le resonaba de una manera diferente. Las escenas evocaban sensaciones similares a las que había experimentado en los últimos días: la atracción hacia lo desconocido, la tensión entre el deseo y el miedo, y ese constante cuestionamiento de sus propios límites.

A medida que la música ambiental de la película se volvía más intensa, sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente. El cansancio del día, sumado a la carga emocional de las últimas semanas, terminó por vencerla.

Se quedó dormida en el sofá, con las luces tenues del departamento y el parpadeo de la pantalla como únicos testigos de su sueño. Mientras dormía, las imágenes de la película se mezclaban con sus pensamientos: el hombre de la librería, la chica del gimnasio, el libro misterioso. Todo parecía formar parte de una narrativa que aún no podía comprender.

La noche avanzó en silencio, y aunque su cuerpo descansaba, su mente seguía navegando en un mar de preguntas que no encontraba respuestas. El libro permanecía en la mesa, inmutable, como si esperara pacientemente el momento.

Capítulo 7

Llegó el día. Beldandy se levantó como siempre, siguiendo la rutina que le daba estabilidad en medio de la incertidumbre. Preparó cuidadosamente la caja de bombones, revisando cada detalle para asegurarse de que todo estuviera perfecto. Los bombones, alineados en un orden específico, formaban un patrón que había estudiado con atención, como si estuviera descifrando un mensaje en clave. Esta entrega era especial, y lo sabía.

Con la caja lista, se vistió con ropa cómoda, colocó los bombones en una elegante bolsa de papel y salió hacia San Telmo. La mañana avanzaba con una luz suave, y el aire tenía ese frescor que anuncia el cambio de estación.

San Telmo era un barrio diferente, lleno de historias en cada esquina. Las calles empedradas y las casas coloniales, con balcones decorados con enredaderas, hablaban de un tiempo que no quería desaparecer. Los escaparates de las tiendas de antigüedades parecían portales a otros mundos, repletos de objetos que guardaban secretos olvidados. Mientras caminaba, Beldandy no pudo evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo. Este pedido no era como los demás; había algo en él que la inquietaba.

Finalmente, llegó a la dirección. La casa destacaba incluso en un lugar tan peculiar. La fachada de piedra, adornada con detalles góticos, y un jardín lleno de flores poco comunes le daban un aire misterioso. Tocó el timbre, y el sonido metálico resonó con fuerza, como si anunciara su llegada a un lugar donde las reglas del tiempo eran diferentes.

La puerta se abrió lentamente, revelando a una mujer mayor que parecía sacada de un cuento. Su cabello blanco estaba recogido en un moño impecable, y sus ojos brillaban con una mezcla de dulzura y autoridad. Vestía un conjunto gris perla que acentuaba su elegancia, y se apoyaba en un bastón con un pomo de plata que reflejaba la luz tenue del interior.

—Tú debes ser Beldandy —dijo la mujer, con una sonrisa que parecía cálida pero cargada de una extraña intensidad.

—Sí, traje los bombones que pidió —respondió Bel, intentando sonar tranquila.

La mujer la hizo pasar, y al cruzar el umbral, Beldandy sintió como si hubiera entrado en otro mundo. El interior de la casa era como un museo: estanterías llenas de libros antiguos, espejos dorados que parecían observarla, y una luz cálida que creaba sombras alargadas en las paredes.

La anciana señaló una mesa en el centro de la sala, y Bel dejó allí la caja con cuidado. La mujer desató las cintas y comenzó a inspeccionar los bombones uno por uno. Sus movimientos eran lentos, casi ceremoniales, como si estuviera evaluando una obra de arte.

—Perfecto —dijo finalmente, alzando la mirada hacia Bel—. Cumpliste la consigna a la perfección.

Beldandy sintió una oleada de orgullo. Había trabajado con esmero en este pedido, y saber que había cumplido las expectativas la llenaba de satisfacción.

—Muchas gracias —dijo, esbozando una sonrisa tímida.

La mujer la observó con detenimiento, como si estuviera leyendo algo más allá de sus palabras.

—Dime, ¿te gustan los libros antiguos?

—Sí… mucho —respondió Bel, intentando no sonar demasiado interesada.

Sin decir nada más, la mujer se dirigió a una estantería y regresó con un libro que Beldandy reconoció de inmediato.

Era el mismo libro que había visto en la librería días atrás. La portada oscura, la imagen de la joven frente a una fortaleza envuelta en niebla. Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Cómo podía ser?

—Quiero que lo tengas —dijo la anciana, extendiéndoselo con ambas manos.

—No puedo aceptarlo… —intentó protestar Bel, retrocediendo un paso.

—Es un regalo —insistió la mujer, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

Con manos temblorosas, Beldandy tomó el libro. Su peso parecía mayor de lo que correspondía, y el tacto del papel era frío, casi intimidante. Agradeció en voz baja y salió de la casa con rapidez, sin mirar atrás.

De vuelta en su departamento, dejó el libro sobre la mesa del living. Lo miró desde la distancia, como si fuera un objeto peligroso. Quería abrirlo, pero el miedo la detenía. ¿Cómo era posible que ese libro estuviera ahora en sus manos? ¿Qué significaba todo esto?

Se dirigió al baño, sintiendo que necesitaba una ducha para aclarar su mente. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, intentó ordenar las piezas del día. Todo parecía conectado: el hombre misterioso, la chica del gimnasio, el viaje al Caribe, y ahora este libro. Pero las piezas no encajaban.

Cuando salió del baño, el atardecer se había convertido en noche. Se vistió con ropa de dormir y se dejó caer en la cama, agotada. Tocó el dije que colgaba de su cuello, esperando encontrar algo de consuelo. Una corriente cálida la recorrió, un sentimiento familiar que la tranquilizó momentáneamente, como si todo estuviera volviendo a encaminarse.

Sin embargo, su mente no se detenía. El rostro de la chica, el hombre en la librería, el viaje inesperado, y el libro en la mesa seguían rondándola. Se giró en la cama, buscando una posición cómoda, mientras las sombras de su departamento parecían observarla desde los rincones.

Finalmente, cerró los ojos, pero las preguntas seguían allí, suspendidas en el aire, como si esperaran la llegada de algo más grande, algo que aún no podía comprender.

Capítulo 6 La antesala


El sonido insistente de la alarma llenó el departamento, arrancando a Beldandy de un sueño ligero. La luz del día ya comenzaba a filtrarse a través de las cortinas, llenando la habitación con tonos cálidos. Se sentó en la cama, con el cabello revuelto y los pensamientos aún enredados en el viaje al Caribe. Aunque la idea de escapar por unos días sonaba tentadora, no podía evitar sentirse un poco molesta. Su pareja siempre la sorprendía con gestos como este, pero la falta de consulta previa la hacía sentir como una invitada en sus propias decisiones.

Sin embargo, también sabía que él lo hacía por amor. Pensar en eso suavizaba un poco su malestar. “Es un dulce” se dijo mientras se dirigía a la cocina.

El aroma del café recién hecho comenzó a llenar el aire, acompañando el suave murmullo de la cafetera. Mientras sostenía la taza caliente entre las manos, repasaba mentalmente la lista de tareas del día. Entre los pedidos de bombones y la cita con su psicóloga, se sentía como si todo en su vida estuviera sucediendo a la vez.

A las diez en punto, se sentó frente a su laptop para la sesión en línea. La psicóloga apareció en la pantalla con su expresión serena, lista para escuchar.

—Hola, Bel, ¿cómo te sientes hoy? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia la cámara.

—Un poco confusa, creo —respondió ella, dejando escapar un suspiro.

—¿Confusa en qué sentido?

—En todo —dijo con una sonrisa débil—. Entre el trabajo, los pensamientos extraños que he estado teniendo últimamente y ahora este viaje que mi pareja ha planeado, siento que no puedo concentrarme en nada.

La psicóloga asintió con calma.

—Cuéntame más sobre el viaje.

—Es algo lindo, supongo. Un viaje al Caribe, solo él y yo. Lo planeó pensando en mí, pero… no sé, me hubiera gustado que me lo consultara primero.

—¿Por qué crees que te molesta eso?

Beldandy dudó antes de responder.

—No sé si es exactamente molestia. Creo que estoy cansada y me cuesta procesar todo. Él siempre es tan considerado, pero a veces siento que no entiende del todo lo que necesito.

—¿Has intentado decírselo?

—No… —admitió ella, bajando la mirada—. Pero no quiero que piense que no aprecio lo que hace por mí. Porque lo aprecio. 

La psicóloga la observó durante unos segundos antes de hablar.

—A veces, expresar lo que sentimos no es una crítica, Bel. Es una forma de fortalecer la relación.

La sesión continuó durante casi una hora, y aunque no llegó a ninguna conclusión definitiva, hablar en voz alta le ayudó a aligerar un poco el peso de sus pensamientos.

Regresó a la cocina y retomó el trabajo con los bombones. Era un encargo exigente, con sabores tan únicos y elegantes que no eran comunes en su clientela habitual: chocolate blanco con jazmín y cardamomo, oscuro con sal marina y caramelo, y leche con maracuyá y jengibre. Pero lo que más le intrigaba era la instrucción específica sobre cómo debían ser colocados en la caja: cada bombón en un orden determinado, formando un patrón que parecía un mensaje en clave.

Mientras alineaba las piezas, se preguntaba qué significado podría tener ese patrón. No era simplemente un diseño visual; era evidente que había una intención detrás. ¿Qué clase de cliente tenía el tiempo y la precisión para pensar en algo así?

Por la tarde, decidió ir al gimnasio para despejarse un poco. Sabía que el ejercicio le ayudaría a calmar su mente, pero también era consciente de que buscaba inconscientemente a alguien más.

El gimnasio estaba tranquilo. Subió a una cinta de correr, ajustando el ritmo a algo ligero, pero su mente seguía llena de pensamientos. Apenas había comenzado cuando la vio. La joven estaba al otro lado de la sala, ajustando los auriculares antes de comenzar su rutina.

El corazón de Beldandy se aceleró. Intentó no mirarla directamente, pero sus ojos la traicionaban, buscándola con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Fue entonces cuando la joven se acercó, con una sonrisa tranquila.

—¿Está ocupada? —preguntó, señalando la máquina a su lado.

—No, claro, adelante —respondió rápidamente, tratando de no parecer alterada.

La chica subió a la máquina y comenzó a correr, mientras Beldandy intentaba concentrarse en su propia rutina. Pero su mente seguía volviendo a esa breve interacción. Había algo en ella, en su mirada, que le resultaba difícil de ignorar.

Cuando terminó su sesión, salió apresurada del gimnasio, reprochándose en silencio: “Qué tonta soy,” murmuró mientras caminaba hacia casa.

De vuelta en su departamento, retomó el trabajo con los bombones. Las combinaciones estaban listas, y los detalles finales en las decoraciones le dieron la satisfacción que necesitaba para sentir que el día había sido productivo. Pero el extraño patrón en la disposición de los bombones seguía rondando su mente, como si cada pequeño chocolate le susurrara un misterio que aún no lograba descifrar.

Al caer la noche, su pareja le escribió un mensaje:
“¿Estás bien? Quiero que el viaje sea perfecto para nosotros.”

Ella leyó el mensaje varias veces antes de responder.

“Gracias. Estoy bien. Solo necesito organizarme, pero creo que será una buena idea.”

Después de enviar el mensaje, se dejó caer en la cama con un suspiro. Las sábanas eran suaves, y la almohada, acogedora. Pero su mente seguía trabajando, revisando cada detalle del día. Tocó el dije que colgaba de su cuello, esperando encontrar algo de consuelo en ese pequeño ritual pero nada paso.

El sueño comenzaba a envolverla. Pero incluso en la calma de la noche, no podía ignorar la sensación de que algo más estaba sucediendo, algo que aún no lograba entender del todo.

martes, 14 de enero de 2025

Capítulo 4 Inesperado encuentro

El chocolate oscuro se derretía lentamente en el baño maría, formando un remolino brillante y seductor. Beldandy observaba cómo la mezcla alcanzaba la textura perfecta, moviéndola con una espátula en movimientos pausados, casi ceremoniales. El calor dulce llenaba el ambiente, envolviéndola en una burbuja que parecía alejarla de las preguntas incómodas que se colaban en los rincones de su mente. Ese momento, frente a las ollas y moldes, era su refugio. Cada aroma, cada textura, la reconectaba con algo tangible en medio del caos que llevaba dentro.


Mientras vertía el chocolate en los moldes, el teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. La pantalla mostraba un mensaje de su pareja:

“¿Cómo va todo? ¿Nos vemos hoy?”


Suspiró, dejando la espátula a un lado para contestar. “Hoy no puedo. Tengo muchas cosas que hacer.”


La respuesta llegó de inmediato:

“¿Pasa algo? Últimamente estás muy distante.”


Beldandy dejó el teléfono a un lado, incapaz de responder de inmediato. Claro que pasaba algo, pero ni siquiera ella sabía cómo explicarlo. Había una distancia que no tenía que ver con él, sino con algo dentro de ella misma. Finalmente escribió:

“No, todo está bien. Hablamos luego.”


Con el teléfono en silencio y el chocolate endureciéndose en los moldes, decidió concentrarse en su trabajo. Cada trufa que decoraba era un pequeño triunfo, pero hoy no lograban calmar el torbellino de pensamientos que la perseguía.


Más tarde, se sentó frente a la computadora para su cita virtual con la psicóloga. Ajustó ligeramente la cámara antes de conectarse. La doctora apareció en pantalla con una sonrisa cálida.

“¿Cómo estás esta semana, Bel?”


“Bien… supongo,” respondió con una ligera pausa. “Ha sido una semana extraña.”


“¿Extraña cómo?”


Tomó aire, intentando encontrar las palabras. “Es como si todo estuviera bien en la superficie, pero debajo… hay algo que no logro entender. He tenido sueños, recuerdos. No sé si son reales o imaginados, pero hay días en los que siento que estoy buscando algo, aunque no sé qué.”


La psicóloga la observó con atención. “¿Y esos sueños o recuerdos tienen algo en común?”


Beldandy pensó en los mensajes que habían desaparecido de su teléfono, en el hombre de la calle, en la chica del parque. Todo parecía conectado de alguna manera, pero decirlo en voz alta le hacía temer sonar absurda.


“No estoy segura,” respondió finalmente. “Tal vez solo estoy cansada.”


La doctora asintió, dejándola continuar a su propio ritmo, pero Bel evitó profundizar. Hablar de sus pensamientos más íntimos le resultaba complicado, especialmente cuando ni ella misma entendía lo que estaba pasando. Cuando la sesión terminó, cerró la laptop con una mezcla de alivio y frustración.


Decidió salir al gimnasio. Cruzó el parque con los auriculares puestos, dejando que la música llenara su mente. Era su refugio, un lugar donde las melodías siempre lograban reconectarla consigo misma. Al llegar al césped donde había visto a la chica la tarde anterior, sus pasos se hicieron más lentos, como si su cuerpo actuara por instinto. Sus ojos buscaron entre las figuras que se movían por allí, pero la chica no estaba.


El gimnasio estaba tranquilo, casi vacío. Se dirigió a las máquinas, concentrándose en el esfuerzo físico. Pero entonces, mientras ajustaba una de las pesas, la sintió. Giró la cabeza y allí estaba: la chica del parque.


La misma coleta alta, los movimientos elegantes, y esa mirada que parecía guardar un secreto. Esta vez estaba a solo unos pasos, observándola con una mezcla de curiosidad y timidez.


“¿Eres de aquí?” preguntó la joven con una voz suave, pero segura.


Beldandy sintió cómo el calor subía a sus mejillas. La pregunta era simple, pero su mente se nubló por completo. “¿Qué?” respondió, casi tartamudeando.


“Si vives cerca,” repitió la chica, con una pequeña sonrisa.


“Sí… no… bueno, más o menos,” balbuceó, desviando rápidamente la mirada hacia la máquina.


“Ah, ok. Perdón, pensé que te había visto antes,” dijo la joven antes de alejarse con un gesto despreocupado.


Bel permaneció inmóvil por un momento, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. Apenas podía creer lo torpe que había sido. “Qué estúpida soy,” pensó, mordiéndose el labio mientras intentaba concentrarse en su rutina, aunque sabía que no podría borrar la imagen de la chica tan fácilmente.


De regreso a casa, retomó su rutina habitual. Mientras empaquetaba las cajas de bombones, notó algo inusual. Uno de los pedidos era más grande de lo habitual y, para su sorpresa, el cliente lo había solicitado para ser entregado la semana siguiente en San Telmo. Lo que más la desconcertaba era que nunca había tenido clientes en ese barrio antes.


Después de ordenar la cocina, se dejó caer en el sofá con una taza de té caliente entre las manos. Encendió una vela, dejando que la luz cálida proyectara sombras danzantes en la pared. La llama parecía moverse al compás de sus pensamientos, que volvían una y otra vez al gimnasio, a la chica del parque, y a las palabras que no había sabido decir.


Cuando finalmente se acostó, exhausta pero incapaz de encontrar la paz, las imágenes regresaron: la chica, el hombre misterioso, los mensajes que habían desaparecido. Cerró los ojos, y antes de que el sueño la venciera, murmuró en voz baja:


—Qué tonta soy…

domingo, 22 de diciembre de 2024

No direction - Rachael Yamagata


 When we look back on these days

When the stories areAll that remainWill we be moreThan the voices in our heads?
What will we spend on regret?How far will we go to forget?Baby it's too soon to tellWhere the story will end
Where do we go from here?Are we dreamersWithout a direction?Taking a chanceEven if we get knockedTo the groundIs it enough to believe?Is it enough to surrender?It's just the beginningWe can't turn our backsOn this now
I'm not a stranger to painBeen hurt but I learned my lessonLet's go the distance'Cause baby I'm all in
I'm not afraid of the futureWon't be held down by the pastBut I need to knowIf you're with me now at last
Where do we go from here?Are we dreamersWithout a direction?Taking a chanceEven if we get knockedTo the groundIs it enough to believe?Is it enough to surrender?It's just the beginningWe can't turn our backOn this now
Where do we go from here?Are we dreamersWithout a direction?Taking a chanceEven if we get knockedTo the groundIs it enough to believe?Is it enough to surrender?It's just the beginningWe can't turn our backsOn this now
Where do we go?Where do we go from here?Where do we go from here?Where do we go from here?