miércoles, 29 de enero de 2025

Capitulo 25

 Bel despertó con el sueño de la noche anterior en su mente. Por más que intentara dejar atrás el pasado, todo parecía llevarla de vuelta a NC. Los recuerdos, las emociones, y esas sensaciones tan intensas se negaban a soltarse de su piel. Se frotó los ojos y suspiró, intentando despejarse. Esto no puede seguir así, se dijo, pero en el fondo sabía que esas palabras no eran más que una excusa.

Mientras se preparaba un café, su mente vagó hacia la visita de Sofía. Realmente había disfrutado de esa conexión inesperada. Había algo en ella, en su manera relajada de hablar, en su capacidad para abrirse sin tapujos, que la había dejado desarmada. Pensó en todo lo que se habían contado, en las risas compartidas. ¿Debí haberle contado más sobre mi pasado?, se preguntó, mordiéndose el labio inferior. Pero la vergüenza y el miedo a ser juzgada aún la retenían. Quizás… no era el momento.

Para ahogar esos pensamientos, se sumergió en su refugio: el mundo de los chocolates. Durante horas se dedicó a preparar nuevas recetas, moldeando formas perfectas, mezclando aromas exóticos. El proceso era casi meditativo. El brillo del chocolate líquido, el aroma dulce que envolvía su taller, todo contribuía a calmar sus pensamientos… al menos por un rato.

El teléfono vibró en la mesada, interrumpiendo su concentración. Era un mensaje de su novio.

“¿Puedo pasar más tarde? Me gustaría verte.”

Bel sonrió con ternura, pero también con un toque de resignación. Lo quería, lo sabía, pero había algo en ella que seguía desconectado. Quizás por eso las fantasías persistían. Quizás por eso el nombre de NC todavía rondaba en su mente. Le escribió una respuesta breve:

“Es día de semana, amor. Estoy con mucho trabajo. Lo dejamos para el fin de semana, ¿te parece?”

La respuesta llegó rápido. “Está bien, no te preocupes. Te extraño.”

“Yo también,” respondió, aunque sentía que las palabras no tenían el peso que deberían. Sabía que él se esforzaba por mantener la relación estable, por ser un apoyo en su vida, pero… ¿y si la estabilidad no era suficiente para ella?

Después de terminar con los pedidos del día, Bel decidió que necesitaba despejarse. Se vistió con ropa cómoda, se ató el cabello en una coleta alta y se dirigió al gimnasio. La rutina de ejercicio la ayudaba a liberar tensiones, y esa tarde, más que nunca, necesitaba mover su cuerpo para silenciar su mente.

Al llegar, sus ojos recorrieron el lugar con una mezcla de expectativa y nerviosismo. Esperaba, casi sin darse cuenta, cruzarse con Sofía. Quería volver a hablar con ella, a sentir esa chispa de complicidad que tanto le había gustado. Mientras caminaba hacia las bicicletas estáticas, se prometió a sí misma que, si la encontraba, esta vez sería más abierta. Tal vez era hora de dejar de huir.

Pero Sofía no estaba.

Bel se dijo a sí misma que no era para tanto. Seguramente tenía otros compromisos. Intentó concentrarse en el ejercicio, pero no pudo evitar mirar alrededor de vez en cuando, con la esperanza de que apareciera. Sin embargo, la clase terminó, y no hubo rastro de ella.

Salió del gimnasio con una mezcla de decepción y frustración. El aire fresco de la tarde la recibió con suavidad, y mientras caminaba de regreso a su casa, se dio cuenta de lo cargada que estaba su mente. Necesitaba calmarse, enfocarse en lo que realmente quería para su vida. Pero… ¿cómo hacerlo cuando todo parecía recordarle lo que había dejado atrás?

Al llegar a casa, se despojó de la ropa sudada y se metió bajo la ducha. El agua caliente caía sobre sus hombros, relajando cada músculo tensado. Cerró los ojos, dejando que las gotas se llevaran consigo todas sus preocupaciones… o al menos, lo intentaba. Los pensamientos seguían ahí, insistentes: NC, Sofía, las señales en sus sueños, el libro sobre la mesa.

Cuando salió del baño, con el cabello húmedo y envuelta en una bata, se dirigió al sillón del living. Se dejó caer con un suspiro, abrazando un cojín mientras sus ojos se posaban, una vez más, en el libro. Por alguna razón, ya no lo veía con el mismo temor que antes. ¿Y si abrirlo era lo que realmente necesitaba? Pensó en Sofía y en la curiosidad que había mostrado por el libro, en la manera en que se había interesado por sus historias.

Suspiró de nuevo, intentando poner orden en sus emociones. No quería remover el pasado, pero tampoco podía seguir negando.

Apagó las luces del living, dejó el libro en su lugar, y se acurrucó en el sillón. Tal vez el día no había salido como esperaba, pero el simple hecho de haber enfrentado sus dudas y sus miedos le daba una ligera sensación de alivio. Mañana será otro día, pensó antes de cerrar los ojos, sintiendo una calma inusual que la acompañó hasta quedarse dormida.

martes, 28 de enero de 2025

Capitulo 24


El sol de la mañana iluminaba el pequeño taller de chocolates de Bel, haciendo que el brillo de los moldes y los utensilios de acero relucieran como si estuvieran hechos de plata. Había dedicado la mayor parte de su tiempo libre a transformar ese espacio en un lugar que reflejara su pasión. Todo estaba en su lugar: desde las cajas cuidadosamente apiladas en una esquina hasta las etiquetas que ella misma había diseñado, listas para adornar los pedidos. Era un lugar que hablaba de su esfuerzo, su creatividad y su dedicación.

Sofía llegó puntual, luciendo una sonrisa que parecía iluminar más que el sol que entraba por la ventana. “Wow, esto es increíble,” dijo mientras sus ojos recorrían cada detalle del taller. “Es como un pequeño paraíso del chocolate.”

“Gracias,” respondió Bel, sintiendo cómo un leve rubor le subía a las mejillas. “Es mi refugio, mi lugar favorito.”

Sofía se acercó a una bandeja donde Bel estaba trabajando en unos bombones de caramelo salado. “¿Haces todo esto tú sola?” preguntó con admiración.

“Sí, todo,” respondió Bel, levantando un molde para mostrárselo. “Desde los sabores hasta los empaques. Es agotador, pero vale la pena.”

Durante la siguiente hora, Bel le mostró a Sofía todo el proceso, desde cómo templaba el chocolate hasta cómo rellenaba los moldes con precisión. Sofía la observaba fascinada, haciendo preguntas que mostraban su curiosidad y admiración.

“Siempre he querido aprender a hacer algo así,” confesó Sofía mientras probaba uno de los bombones recién terminados. “Pero creo que no tengo el talento ni la paciencia.”

Bel sonrió. “No se trata de talento, solo de práctica… y de mucho amor por lo que haces.”

La conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de sus vidas, de los lugares que querían visitar y de las cosas que las apasionaban. Descubrieron que tenían gustos similares en música y películas, y Sofía se rió al darse cuenta de que ambas compartían una fascinación por las novelas de misterio.

Fue cuando se sentaron a tomar café en el living que la conversación tomó un giro inesperado. Sofía, con su curiosidad habitual, notó el libro que descansaba en la mesita. “¿Qué es esto?” preguntó, tomando el volumen en sus manos.

Bel sintió una punzada de nerviosismo. “Es solo un libro viejo que encontré,” respondió, quitándole importancia, aunque el nudo en su estómago le decía que no podía escapar tan fácilmente.

Sofía pasó los dedos por la cubierta desgastada y levantó la vista con una sonrisa traviesa. “¿Es una novela? ¿Una de esas historias… diferentes?”

“¿Diferentes cómo?” preguntó Bel, evitando a propósito responder directamente.

“Ya sabes,” dijo Sofía, bajando ligeramente la voz como si estuviera compartiendo un secreto. “Historias que exploran los límites de lo… prohibido. Siempre me han fascinado. ¿Alguna vez viste esas películas de cine Z que pasan en los canales de cable a la madrugada?”

Bel se sonrojó instantáneamente y bajó la mirada, fingiendo acomodar su taza de café. La descripción de Sofía era exacta a lo que alimentaba sus fantasías desde que era adolescente. Pero decirlo en voz alta, admitirlo frente a ella, era un paso que no estaba segura de querer dar.

“Quizás… alguna vez,” dijo finalmente, tratando de sonar casual, aunque sentía que su corazón latía con fuerza.

Sofía sonrió como si hubiera entendido perfectamente. “Es que son fascinantes, ¿no crees? No por lo explícito, sino porque despiertan algo… algo que no siempre admitimos querer explorar.”

Bel asintió en silencio, sorprendida por lo mucho que resonaban esas palabras en ella. Nunca había hablado de esas cosas con nadie, ni siquiera con su psicóloga. Pero Sofía lo hacía sonar tan natural, tan libre de juicio, que por un instante pensó en abrirse completamente.

“¿Y este libro?” continuó Sofía, hojeando las páginas con curiosidad. “¿Es una de esas historias?”

Bel no supo qué responder. La imagen de NC, de los sueños recientes, de todo lo que había tratado de enterrar durante años, pasó fugazmente por su mente. “Es una historia complicada,” dijo finalmente. “Digamos que tiene muchos matices.”

Sofía dejó el libro a un lado y tomó otro sorbo de café, observándola con esa mirada cálida que parecía invitarla a compartir más. “Me encantaría leerlo algún día. Quizás también me inspire. Siempre me han intrigado los límites de las historias que desafían nuestras ideas preconcebidas.”

Bel tragó saliva, sintiendo cómo una conexión instantánea se formaba entre ellas. No se trataba solo de las palabras, sino de la manera en que Sofía parecía entenderla sin que ella tuviera que explicar demasiado.

Cuando Sofía se despidió, dejando un rastro de su perfume en el aire, Bel cerró la puerta con una mezcla de alivio y agitación. Se giró hacia la mesita del living, donde el libro seguía reposando, y por primera vez en mucho tiempo no lo vio como una amenaza, sino como una invitación.

Casi sin pensarlo, tomó el libro y lo abrió. Sus ojos recorrieron las páginas, deteniéndose en las ilustraciones que parecían sacadas directamente de sus sueños. Había imágenes de castillos, de mujeres atadas con cuerdas finas y de símbolos que le resultaban inquietantemente familiares. Todo estaba relatado en una caligrafía antigua, perfectamente diagramada, como si cada palabra hubiera sido escrita con un propósito claro.

Algo que le llamó especialmente la atención fue la ausencia de un autor. “Es raro,” pensó, mientras pasaba una página tras otra, tratando de encontrar alguna referencia que explicara el origen de ese libro. Pero no había nada, solo esas imágenes y relatos que parecían conectarla con algo más grande.

Finalmente, dejó el libro sobre la mesita, se levantó, respiró profundamente y se dirigió a la cocina para preparar la cena. Los aromas cálidos de las especias y el sonido del agua hirviendo llenaron el espacio, devolviéndola a la rutina.

Esa noche, después de cenar y ordenar todo, Bel se acostó en su cama, tratando de apagar los pensamientos que rondaban su mente. Pero apenas cerró los ojos, el sueño la arrastró nuevamente a ese mundo que no podía controlar.



Bel estaba atada de manos, reclinada sobre una tarima, en el centro de la sala, su cuerpo semidesnudo estaba expuesto y vulnerable, cada curva y ángulo iluminado por el suave resplandor de las velas. NC, su amo y señor, se paseaba lentamente alrededor de ella, la fusta en su mano, sus ojos recorriendo su cuerpo como si fuera un territorio por conquistar.


Bel trataba de hablar, pero las palabras no salían. Solo podía mirarlo, atrapada en ese momento. NC levantó una mano y, con un gesto la señalo. “Esto es lo que pasa cuando te olvidas de quién eres,” le dijo a bel.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo apareció Sofía, con su sonrisa cálida, acercándose lentamente. Puso una mano sobre el hombro de Bel y le susurró: “Persigue tus deseos, no los ignores.”

Acto seguido, Sofía le estaba sosteniendo las muñecas con fuerza, en su rostro se observaba una sonrisa cálida y perversa alismontiempo. "Déjate llevar, Bel," susurró ella, con su voz angelical.
NC levantó la fusta y la dejó caer sobre sus nalgas.Bel jadeó, su cuerpo se arqueo con el golpe, sintiendo un latigazo mezcla de dolor y placer.
 
"Uno," contó Bel, con voz temblorosa pero decidida. Sofía apretó más sus manos, dándole fuerza.
 
Una y otra vez, NC azotó a Bel, cada golpe dejando su piel cada vez más colorada, cada latigazo llevándola más alto, empujándola más lejos. Bel contó cada golpe,  en su voz se la  sentía cada vez mas resignada a su destino.

"Veinte," jadeó Bel, su cuerpo temblando, sus piernas apenas sosteniéndose. "Por favor," suplicó Bel, "Lo necesito dentro de mí. Por favor, mi señor."
 
NC dejó caer la fusta y se acercó a Bel, acaricio con sus manos  sus nalgas enrojecidas, su piel estaba caliente. Sofía observaba.
 Bel gritó cuando NC la penetró, su cuerpo temblo recordando una pasión que se había obligado a olvidadar de sentir. Él comenzó a moverse, cada acción llevándola más alto, empujándola más cerca del orgasmo.
 
"Mi señor," jadeó Bel, con su voz entrecortada. "Puedo acabar... por favor"
 
NC dijo algo que bel no logró entender, su cuerpo se tensó sobre su propio clímax alcanzando junto a ella. 



Bel se despertó sobresaltada, con la respiración agitada. Miró hacia la mesita, donde el libro seguía esperándola, como si fuera un testigo silencioso de todo lo que estaba viviendo. No podía negar que algo dentro de ella estaba cambiando. "De nuevo", pensó, mientras pasaba una mano por su frente húmeda de sudor.

Se sentó en el borde de la cama, dejando que la luz tenue del amanecer iluminara el cuarto. Durante unos minutos, se quedó inmóvil, mirando el libro como si estuviera evaluando si debía abrirlo una vez más. Era como si el objeto tuviera vida propia, como si le hablara en un idioma que solo ella podía entender.

Finalmente, suspiró, dejando que el aire escapara de sus labios como si liberara algo más profundo. “No ahora,” se dijo en voz baja. “Hoy tengo que volver a ser yo.” se dio vuelta y se quedó en la cama remolineando.


lunes, 27 de enero de 2025

Capitulo 23


Pasaron días en los que la rutina pareció tomar las riendas de la vida de Bel. Los chocolates, los repartos, las cuentas para intentar llegar al crédito. NC había desaparecido de sus pensamientos más recurrentes, y los sueños, aunque todavía la acompañaban en pequeños destellos, ya no eran tan evidentes. Su auto convencimiento parecía haber dado resultado. "Hay que mirar hacia adelante," se repetía como un mantra cada vez que algo de ese pasado intentaba filtrarse en su mente.

A media mañana, mientras organizaba los pedidos en su pequeño taller, pensaba en cuánto esfuerzo estaba poniendo en ese sueño. “Lo voy a lograr,” se dijo a sí misma, con la determinación que había cultivado a lo largo de los años. Había aprendido a mantenerse firme, aunque las cosas no fueran sencillas.

Durante el almuerzo con su novio, decidió compartir algo de lo que había estado trabajando. “Creo que estoy cerca de conseguir el crédito para la tienda,” dijo, mientras cortaba un trozo de pollo. “Todavía no es suficiente, pero si sigo moviéndome, estoy segura de que puedo lograrlo.”

Él asintió, distraído, sin levantar mucho la vista del teléfono. “Eso es genial, Bel. Seguro lo consigues.”

Bel dejó el tenedor sobre el plato, frustrada por la falta de entusiasmo. “¿Te importa en lo más mínimo lo que estoy haciendo? Siento que estoy sola en esto.”

“Lo siento,” respondió él, dejando el teléfono a un lado con un suspiro. “Es que tengo demasiado trabajo y mi cabeza está en mil cosas. Pero me alegra que estés avanzando con tu proyecto, de verdad.”

Ella intentó dejarlo pasar, aunque la sensación de vacío seguía allí. “Conocí a alguien en el gimnasio,” comentó, cambiando de tema para aligerar el ambiente. “Se llama Sofía. Es nueva en el barrio y no tiene muchas amigas cerca. Es agradable tener a alguien con quien hablar mientras entreno.”

“Qué bien,” respondió él con una sonrisa vaga, volviendo a tomar el tenedor.

Bel terminó el almuerzo con una mezcla de frustración y resignación, prometiéndose a sí misma no depender de su aprobación o interés para seguir adelante.

Por la tarde, se dirigió al gimnasio como lo hacía varios días a la semana. Sofía estaba allí, como si el destino las hubiera sincronizado. Mientras ambas terminaban sus rutinas, Sofía se acercó con esa sonrisa que a Bel le parecía tan genuina.

“¿Hoy tienes tiempo para un batido?” preguntó Sofía, con un tono ligero.

“Claro,” respondió Bel, agradecida por la oportunidad de desconectar un poco.

Ambas se dirigieron al pequeño bar del gimnasio y pidieron bebidas energizantes. La conversación fluyó con naturalidad, y Bel se sorprendió de lo fácil que era hablar con ella. Sofía le contó un poco más de su vida, de cómo se había mudado al barrio hacía poco y de lo difícil que era no tener amigas cerca.

“Me gusta mucho este gimnasio,” dijo Sofía. “Pero lo que más me gusta es haber encontrado a alguien con quien charlar. Es bueno sentirme menos sola.”

Bel se enorgulleció de haber vencido su timidez inicial para acercarse a ella. Sentía que esa pequeña conexión era una especie de logro personal, como si estuviera rompiendo barreras que antes parecían infranqueables.

“¿Sabes?” dijo Bel, con un tono casi tímido. “Tengo un taller de chocolates. Estoy trabajando para abrir mi propia tienda. Tal vez algún día puedas visitarlo.”

“Me encantaría,” respondió Sofía con entusiasmo. “El chocolate es mi debilidad. ¿Cuándo me invitas?”

“¿Qué te parece mañana, después del gimnasio?”

“Perfecto,” dijo Sofía, levantando su batido como si brindara. “Será un plan ideal.”

Bel volvió a casa esa noche animada por su valentía y sintiéndose revitalizada. Por primera vez en días, sentía que no había barreras que se interpusieran en su camino.


sábado, 25 de enero de 2025

Capitulo 22

El despertador sonó, anunciando un nuevo día. Bel abrió los ojos lentamente, dejando que la luz que se colaba por las cortinas inundara la habitación. Su mente, por reflejo, volvió a NC, pero esta vez no había dudas ni angustias. Se dijo a sí misma: “Ya está. Esto era todo. Eran fantasmas del pasado. No hay nada más que buscar ahí.” Era como si algo hubiera hecho clic en su interior, liberándola.

Se preparó un café mientras las palabras de la psicóloga regresaban a su mente. “No te prives de perseguir tus deseos,”  Bel simplemente murmuró para sí misma: “A esta altura de mi vida… ¿en qué estoy pensando? Tengo una vida, un negocio que está creciendo y un futuro por construir. Basta de distracciones.”

Mientras repasaba mentalmente su día, se dio cuenta de que estaba llena de pendientes: el banco, los pedidos de chocolate y frutos secos, y una sesión de gimnasio. “Un día lleno, pero sin fantasmas,” pensó, sintiendo una calma extraña que la acompañó mientras se preparaba para salir.

Su primera parada fue el banco. Subió al subte y dejó que el vaivén del tren y el murmullo de los pasajeros llenaran el espacio. Al llegar al barrio de Recoleta, las calles impecables y los edificios elegantes le dieron una sensación de estabilidad. Entró al banco y fue directo al escritorio de Javier, su agente de cuenta, quien la recibió con su habitual sonrisa.

“Bel, qué gusto verte,” la saludó él. “¿Cómo va todo?”

“Va bien, Javier. Estoy aquí porque quiero dar el siguiente paso. Necesito saber qué posibilidades tengo de obtener un crédito para abrir mi tienda,” explicó, tomando asiento.

Javier revisó algunos números antes de responder: “Tu negocio tiene mucho potencial, pero todavía necesitamos un poco más de respaldo para aprobar el crédito. Estás cerca, pero no lo suficiente.”

Bel suspiró, tratando de no mostrar su frustración. “Gracias, Javier. Seguiré trabajando en ello.”

Al salir, respiró hondo y se permitió unos segundos para procesar la noticia. “Siempre estoy cerca, pero nunca lo suficiente,” pensó, aunque decidió no dejarse vencer por el desánimo. “Lo lograré. Es solo cuestión de tiempo.”

Al mediodía, se encontró con su novio en un pequeño restaurante cerca de su casa. La luz natural inundaba el lugar, y el aroma a comida casera llenaba el aire. Él ya estaba en la mesa, esperándola con su sonrisa de siempre.

“¿Cómo te fue en el banco?” preguntó mientras ella tomaba asiento.

“Podría haber sido mejor,” admitió Bel, suspirando. “Pero estoy avanzando. Al menos eso es algo.”

“Lo lograrás. Eres la persona más determinada que conozco,” dijo él, con una sinceridad que la hizo sonreír.

Mientras almorzaban, Bel sintió el impulso de proponer algo diferente. “¿Sabes? Este fin de semana podríamos hacer algo distinto. Algo que nos saque de la rutina. ¿Qué te parece?”

Él levantó la mirada del plato, curioso. “¿Como qué?”

“No sé, algo inesperado. Tal vez role-playing o alguna actividad que nos haga salir de lo convencional,” sugirió, tratando de medir su reacción.

Él sonrió con amabilidad, pero su respuesta fue la que ella ya esperaba. “Sabes que eso no es lo mío. Pero si tienes otra idea, más normal, podemos intentarlo.”

Bel intentó no mostrar su decepción y cambió de tema, aunque no pudo evitar sentir un leve vacío. “¿Por qué siempre me topo con este muro?”

Por la tarde, fue al gimnasio. Las rutinas habituales le ayudaron a despejar su mente, pero lo que realmente marcó el día fue su encuentro con Sofía, la chica de la coleta. Después de terminar la clase, se armó de valor y la detuvo con una sonrisa nerviosa.

“Hola… ¿Te gustaría tomar algo? Una bebida energética, quizás,” dijo, sorprendida por su propia iniciativa.

Sofía la miró con una sonrisa cálida. “Claro, me encantaría.”

Se sentaron juntas en una de las mesas del bar y comenzaron a hablar. Sofía tenía 35 años, se había mudado recientemente al barrio y confesó, entre risas, que no conocía a mucha gente. “Es raro no tener amigas cerca, así que gracias por invitarme. Es lindo poder charlar con alguien.”

Bel sintió una oleada de orgullo por haber vencido su timidez. Había algo refrescante en esa conversación, algo simple pero lleno de potencial. No necesitaban hablar de grandes cosas; la conexión ya estaba ahí.

Cuando llegó a casa esa noche, estaba animada y revitalizada. El día no había sido perfecto, pero había sido suficiente. Se sentía fuerte, como si no hubiera barrera que no pudiera derribar. “Esto es lo que necesito,” pensó mientras se duchaba. Al acostarse, acarició el dije que colgaba de su cuello y cerró los ojos, satisfecha con lo que había logrado.

viernes, 24 de enero de 2025

Capitulo 21

El sonido del tráfico matutino se colaba por las rendijas de la ventana. Bel, sentada en su cocina, acariciaba el borde de su taza de café mientras su mente volvía a una época que creía enterrada. Los sueños de las últimas noches no le daban tregua. Las imágenes, las frases, las emociones que creía olvidadas… todo la conducía al mismo punto: NC, su Señor. Había conocido a NC a finales del 2008, casi por accidente. Todo empezó con una confusión en Messenger. Había aceptado su solicitud pensando que era un amigo suyo que se llamaba igual y que, curiosamente, cumplía años el mismo día. La conversación comenzó con risas y bromas sobre el malentendido, pero pronto se transformó en algo más. Las charlas eran un juego constante de giros e insinuaciones que a Bel le gustaban, y las horas pasaban mientras las conversaciones se extendían hasta altas horas de la noche. Él tenía una forma especial de escribir, como si supiera exactamente qué decir para mantenerla enganchada, para hacerla reír y, al mismo tiempo, dejarla pensando. La conexión era innegable, y, aunque en ese momento Bel estaba en una relación con alguien mucho más grande que ella y que vivía en México, sabía en el fondo que ese vínculo no era algo con futuro y sentía que había algo que le faltaba. Y entonces apareció NC, con su humor, su seguridad y esa chispa que hacía que las horas frente a la pantalla pasaran volando. “¿Sabías que soy Amo?” le escribió NC una noche, casi como si fuera un comentario casual. Bel, que ya estaba intrigada por él y que además fantaseaba con el BDSM, no pudo evitar reírse. “¿De verdad? ¿Y qué haces aquí, entonces? ¿Buscando a tu próxima sumisa? Yo ya estoy comprometida.” “Buscando una hermanita,” respondió él. Hermanita!!! Exclamó Bel poniendo caritas de asombro, tengo 33 años acotó. Ella,  sabía que esto era un juego y que de ninguna manera debía pasar de lo virtual. 

Con el tiempo, las conversaciones se volvieron más intensas. NC le decía que se vestiría de hombre araña y que recorrería todos los edificios hasta encontrarla. Bel se reía, pero se negaba a revelar su paradero, aunque él siempre sabía cómo mantener el equilibrio entre lo serio y lo juguetón, y eso la desarmaba. Para Bel, que siempre había buscado una conexión más profunda, él parecía tener la llave para abrir puertas que ni siquiera sabía que existían. Después de meses de charlas y coqueteos virtuales, un día Bel acepto conocerlo en persona. El lugar elegido fue un cine en el centro de la ciudad, uno de esos cines pequeños y modernos, donde se  proyectaban películas de culto que a Bel tanto le gustaban. El día del encuentro, ella llegó con una mezcla de nerviosismo y miedo a lo desconocido pero a su vez un cierto grado de excitación la acompañaba. Al verlo por primera vez, sintió que el mundo se detenía por un instante. Él era exactamente como lo había imaginado: seguro, directo y con una mirada que parecía atravesarla. La conversación fluyó con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida, aunque estar viviendo eso se sentía extraño y además ella no sabía cómo iba a fluir todo, pero de algún modo se sentía segura. En la puerta del cine no estaba la película que habían acordado ver, pero las ganas de que no se diluya el encuentro los llevó a sacar entradas para lo que había en cartelera: un documental de la Antártida. Al entrar a la sala, el ambiente era muy luminoso y las butacas quedaban muy expuestas; Bel ni se atrevía a mirarlo, aunque de reojo tímidamente lo observaba. En el fondo pensaba: “¿Qué hago aquí?” En un acto impulsivo, NC la agarró de la mano y le dijo: “Vámonos de aquí. Estamos demasiado expuestos.” Había más personas de las que esperaban, y la sensación de privacidad no existía. Al salir, NC le preguntó: “¿A dónde vamos?”, a lo que Bel contestó casi sin pensar: “Llévame a donde quieras,” con una valentía que no sabía que tenía. Entraron en otro cine, uno grande y tradicional de la calle Lavalle, cerca del Obelisco, y se sentaron en las últimas filas. Había pocas personas en la sala, incluida una mujer mayor que estaba completamente absorta en la película, una comedia romántica protagonizada por Natalia Oreiro. A pesar del ambiente tranquilo, Bel no estaba preparada para lo que sucedería después. Primero agarró su mano y la deslizo hacia su pene erecto, Bel se puso roja, luego comenzó a tocarla con movimientos suaves en su entrepierna, enseguida se sintio empapada, NC noto eso y sus actos posteriores demostraban su confianza. De reojo observaba como la señora sentada en la misma fila no podia evitar desviar la mirada sobre ellos. Sin previo aviso, NC sacó una cuerda roja de su mochila, se la mostró y comenzó a atarle las muñecas. Bel quedó pasmada sin hacer nada; solo asentía y lo miraba atónita. No podía creer su osadía, pero, al mismo tiempo, sentía una excitación que nunca había experimentado. La cuerda era suave, pero firme, y el acto en sí la hacía sentir más viva que nunca. No dijo nada, simplemente lo dejó hacer. “Ahora,” susurró él, inclinándose hacia ella, “demuéstrame que confías en mí.” Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, él la guió hacia su pene y le dijo quiero que me lo chupes hasta que acabe, bel solo atino a obedecer en un acto que desafió todos sus límites. El hecho de estar en un lugar público atada, con la posibilidad de ser descubierta, haciendo una relación a alguien que recién conocía, añadía una intensidad que la desbordaba. La señora en la fila pareció darse cuenta, pero no dijo nada. Quizás estaba demasiado sorprendida, o quizá simplemente la excitaba lo que veía. Cuando salieron del cine, Bel y NC no podían contener las risas. Fue un momento de complicidad absoluta, como si hubieran encontrado algo que pertenecía solo a ellos. A partir de ese día, la relación se volvió un torbellino de experiencias y descubrimientos Se vieron más seguido, y cada encuentro era una mezcla de pasión, confianza y exploración. NC siempre sabía cómo llevarla al límite, cómo hacerla sentir deseada y, al mismo tiempo, despojada de todas sus barreras. Un día, tras algunos encuentros, Bel aceptó convertirse en su sumisa. La relación duró cinco años, de idas y venidas, hasta que Bel un día dijo basta y abruptamente lo dejo. Bel sonrió con nostalgia y algo de tristeza. Han pasado ocho años desde la última vez que lo vi y ahora, con los sueños, las señales, y el constante recordatorio de su pasado, no puede evitar preguntarse: *¿Qué estaría haciendo él? ¿Pensará alguna vez en mí?* “Es probable que no quiera saber nada de mí,” se dijo, mientras acariciaba el dije que colgaba de su cuello. Pero la conexión que sentía, esa sensación que la unía a NC de una manera que no podía explicar, seguía viva. Por más que intentara enterrarlo, él siempre encontraba la forma de volver a su vida. Y ahora, con todo lo que estaba sucediendo, no podía evitar preguntarse: *¿Y si estos sueños no son solo sueños? ¿Y si es el destino que nos vuelve a cruzar? 
 
 

Por la tarde, Bel decidió ir al gimnasio, buscando despejarse y dejar que su cuerpo hiciera el trabajo que su mente no podía. Subió a una de las bicicletas estáticas y comenzó a pedalear con un ritmo constante. El sonido mecánico de las máquinas, las voces lejanas de otros asistentes y la música tenue del lugar creaban un ambiente que, por momentos, la abstraía. Miró al frente, hacia los espejos que reflejaban las filas de equipos y a las personas en su propio mundo. Todo sigue igual aquí, pensó, sintiendo una punzada de melancolía que no lograba sacudirse.

El ejercicio no conseguía despejarla del todo. Mientras pedaleaba, su mente volvía una y otra vez a los sueños, a las frases, a la presencia de NC en su vida y en sus recuerdos. No era un reproche lo que sentía, sino una nostalgia profunda, como si una parte de ella permaneciera atrapada en el pasado y no supiera cómo liberarse.

Terminó su rutina con algo de alivio físico pero con la mente aún llena de preguntas. Tomó sus cosas y salió a caminar un rato antes de regresar a casa. Recoleta, con sus calles serenas y árboles que arrojaban sombras al atardecer, ofrecía un contraste con el torbellino interno que sentía. "Quizás lo que busco no está en estos recuerdos," pensó, mientras una ligera brisa le movía el cabello.

Ya en su departamento, se preparó una cena ligera y se dejó caer en el sofá, mirando el reloj. Las horas parecían avanzar más lento que de costumbre. "Mañana será otro día," murmuró, mientras apagaba las luces y se dirigía a su cama. Cerró los ojos y dejó que el cansancio del cuerpo la envolviera. Quizás el sueño, como tantas veces, traería respuestas o, al menos, más preguntas.

jueves, 23 de enero de 2025

Capitulo 20


El día comenzó con un café fuerte y el sol filtrándose por la ventana. Bel había agendado la cita con su psicóloga hacía semanas, antes del viaje al Caribe, pensando que unas vacaciones bastarían para despejar su mente. Pero mientras removía el café en silencio, comprendió que la sesión sería más necesaria que nunca, sobre todo después del último sueño.

Se acomodó frente a la computadora, respiró hondo y ajustó la cámara. Cuando la terapeuta apareció en pantalla, Bel sintió un nudo en el estómago. Había demasiadas cosas que quería —y temía— contar.

“¿Qué tal estás, Bel? ¿Cómo fue el viaje?” preguntó la psicóloga con una voz calmada que siempre lograba relajarla, aunque fuera solo un poco.

“Fue… bien,” respondió, algo evasiva. “Aunque creo que no aclaró nada, como pensé que lo haría. Todo lo contrario. Siento que volví con más preguntas que respuestas.”

“Eso es interesante,” replicó la psicóloga, inclinándose ligeramente hacia la cámara. “¿Qué preguntas, Bel?”

Bel suspiró. “Hay muchas cosas. No sé ni por dónde empezar.”

“Empieza por el principio,” sugirió su terapeuta con una leve sonrisa. “No hay prisa.”

Bel se acomodó en la silla, jugueteando con el dije que colgaba de su cuello. “Todo empezó antes del viaje. Vi a un hombre en una plaza. Me miró de una manera que me inquietó… Y luego comenzaron a suceder cosas extrañas. Mensajes que aparecieron en mi teléfono, pero luego desaparecieron. Fue... perturbador.”

La terapeuta asintió. “Eso suena intenso. ¿Qué sentiste en ese momento?”

“Al principio, miedo. Pero luego… no sé, curiosidad. Como si hubiera algo que debía descubrir. Y entonces recibí un pedido especial de bombones. Tenía que entregarlos en una casa antigua en San Telmo. Allí me encontré con una mujer mayor que me dio un libro. Un libro que yo ya había visto en una librería. Cuando lo abrí, decía: ‘Conozco tus secretos’. Pero después del viaje, cuando lo volví a abrir, esas palabras ya no estaban.”

“Eso debió ser desconcertante,” dijo la psicóloga. “¿Qué emociones te genera todo esto?”

“Desconcierto, claro. Pero también... una especie de familiaridad. Es como si todo estuviera conectado a algo que creí haber enterrado.Es eso o me estoy volviendo loca”

La terapeuta se inclinó ligeramente hacia adelante. “¿Loca, por qué? son cosas de tu subconsciente, ¿ que es lo que creiste haber enterrado?”

Bel vaciló, sus dedos aún jugando con el dije. “Mi pasado. Mi antigua relación. Mi Señor… paso hace muchos años más precisamente 8 años.”

La psicóloga se mantuvo tranquila, dejando espacio para que Bel continuara.

“Estuvimos juntos varios años,” confesó Bel, bajando la mirada. “Era una relación... diferente. Yo era su sumisa. Él siempre supo cómo hacerme sentir… plena. Pero estaba comprometido, y no podía con eso. Quise algo más estable, algo normal. Por eso estoy con mi pareja ahora, y yo no sé mentir, así que no podia apostar a dos relaciones”

“¿Y cómo es tu relación actual de pareja?” preguntó la terapeuta, con cuidado.

“Es... estable. Lo quiero. Pero… hay algo que falta. En el Caribe, ocurrió algo que me lo dejó claro.”

La terapeuta esperó pacientemente.

“Hubo una mujer… Alondra,” continuó Bel, sintiendo cómo el rubor subía a sus mejillas. “Trabajaba en el resort. Una mañana, mi pareja salió de excursión, y ella vino al bungalow. Fue… directo. No supe cómo reaccionar. Me besó, y yo… no la detuve. Terminamos en la cama.”

“¿Uff Bel eso te debió haber sacudido internamente, dijo la Psicóloga y pregunto ⁹Cómo te sentiste después?” 

“Horrible y culpable fue mi primera vez con alguien fuera de mí.pareja y como te dije no me gusta mentir. Pero no pude evitarlo, el.deseo.se apoderó de mí, en el momento me sentí excitada y tuve más de un orgasmo, fue intenso pero no me llenó del todo. Fue como si me faltara algo más profundo, algo que realmente quiero pero que no sé si puedo alcanzar.”

La psicóloga asintió. “Bel, mencionaste a tu Señor. ¿Crees que tus sueños y tus deseos actuales están relacionados con él?”

Bel asintió lentamente.  Con NC nos comunicamos con mail desde hace 8 años, siempre con mensajes cortos en fechas especiales, mensajes cada vez más fríos y distantes, paso mucho tiempo y nunca nos vimos desde ese último abrazo que me dio.

Y el.sueño pregunto la.terappeuta

En el último que fue anoche vi todo más claro y sentí esa forma especial que tenía de hacer.vibrar mí cuerpo. “ En uno de mis sueños, estaba en un castillo. Él estaba ahí. Sentí su mano en mi piel…  y luego en mí entrepierna... el me dijo: ‘Tienes que pagar el precio’  Que precio?  me pregunte . En ese momento supe que era él. Siempre sabia cómo hacerme sentir... pequeña y poderosa al mismo tiempo. Y ahora siento que todo lo que viví con él sigue ahí, como un eco. Pero.... Quizás yo no esté lista para aceptarlo”

“¿Le has contado a tu pareja sobre estas emociones?”

Bel negó con la cabeza. “Sabe que mis deseos son... diferentes. Pero no los comparte. Lo entiende en teoría, pero no lo siente. Y en definitiva no le sale. Ademas sé que le molesta que este tipo de prácticas hayan sido parte de mi vida.”

“¿Y tú, Bel? ¿Qué sientes al respecto?”

Bel levantó la mirada, como buscando una respuesta en el aire. “Siento que estoy dividida. Quiero ser la pareja perfecta, la que no necesita nada más. Pero no puedo negar que hay una parte de mí que todavía anhela algo… diferente. Algo más.”

“Es importante reconocer eso,” dijo la terapeuta. “Tus emociones y deseos son válidos, Bel. No tienes que reprimirlos para encajar en un molde. Lo que importa es cómo eliges manejarlos y cómo decides ser honesta contigo misma.”

Bel asintió, sintiéndose un poco más ligera. “Gracias. Creo que necesitaba decir todo esto en voz alta., aunque en lo profundo.de su ser no estaba muy convencida”

La terapeuta sonrió. “Hoy diste  un gran paso. Y recuerda, esto no es algo que tengas que resolver de inmediato. Tómate tu tiempo. Explora lo que realmente quieres y lo que necesitas para sentirte plena.”

Antes de finalizar la sesión, Bel respiró hondo y confesó: “Hay algo más. Creo que esos sueños, esos recuerdos, están ahí por una razón. Y por primera vez en años, siento que me gustaria averiguarlo.”

La terapeuta la miró con calidez. “Eso es lo más importante, Bel. Reconocerlo. Estás avanzando, aunque no lo parezca.”

Cuando terminó la llamada, Bel se quedó mirando el dije que colgaba de su cuello, sintiendo una conexión extraña y reconfortante. Sabía que tenía mucho que resolver, pero, por primera vez en años, estaba dispuesta a enfrentar sus propios secretos.

miércoles, 22 de enero de 2025

Capitulo.19

El despertador sonó, anunciando un nuevo día. La noche había pasado como un suspiro, y Bel, aún somnolienta, se desperezó bajo las sábanas. A  pesar del cansancio acumulado del viaje, había dormido profundamente, como hacía tiempo no lo lograba. Se preparó un café mientras revisaba su lista de pendientes en el teléfono.

“Qué atrasada estoy, y encima tengo que comprar más chocolate y frutos secos,” murmuró mientras tomaba un sorbo y organizaba mentalmente su jornada. Miró el reloj y se dio cuenta de que tenía que apurarse si quería cumplir con todo.

Mientras se vestía cómodamente y se colocaba su mochila. pensó en voz alta,“¿ A quién se le ocurre hacerse un viaje al Caribe justo ahora? Se me atrasó todo,”  reprochándose por su falta de previsión.

Salió a la calle y caminó rápidamente hasta la estación de subte más cercana. La frescura de la mañana porteña comenzaba a disiparse con los primeros rayos de sol que caían sobre las calles llenas de vida. Bajó las escaleras y se adentró en el subte, donde el movimiento mecánico de los vagones y el silencio de los pasajeros le permitieron perderse en sus pensamientos.

Subió al vagón del subte, por suerte hay asientos libres pensó,  su destino, la estación Las Heras en Recoleta.

Recoleta es el barrio de la elegancia y la historia en Buenos Aires. Sus calles, bordeadas por casonas de estilo francés y veredas arboladas, transmiten una calma sofisticada. Las plazas impecables, son puntos de encuentro donde el verde de los árboles contrasta con las fachadas de piedra de los edificios histórico rodeados de cafés tradicionales y boutiques exclusivas que reflejan su carácter distinguido. Aquí, el aroma a café se mezcla con el murmullo suave de quienes pasean, creando un ambiente que combina tradición, cultura y modernidad en perfecta armonía.

En ese mágico lugar se encontraba su proveedor habitual de chocolate, una casa histórica ubicada en un edificio de principios del siglo XX. La fachada, adornada con balcones de hierro forjado y grandes vitrinas, revelaba el interior lleno de historia.

Al entrar, el aroma a cacao la envolvió de inmediato, transportándola a otro mundo. Los estantes, llenos de los mejores chocolates provenientes de distintos rincones del planeta, eran un espectáculo para los sentidos. Ingrid, la dueña del lugar, la saludó con una cálida sonrisa.

“Bel, querida, qué bueno verte. ¿Te interesa probar algo nuevo? Nos acaba de llegar un lote de chocolate ecuatoriano,” dijo Ingrid, señalando unas elegantes cajas.

“Claro que sí, Ingrid. Siempre me sorprendes con tus recomendaciones,” respondió Bel, mientras dejaba que el aroma dulce se apoderara de sus sentidos.

Mientras Ingrid empacaba los chocolates, Bel no pudo evitar perderse en los detalles del lugar: las balanzas antiguas, los moldes de bronce colgados en las paredes y los pequeños recipientes de cristal que contenían nibs de cacao. Por un momento, todo el estrés de la mañana se disipó.

Luego se dirigió al mercado de frutos secos, ubicado en una casona histórica con un patio interno lleno de plantas trepadoras. Los sacos de almendras, avellanas y especias exóticas llenaban el espacio con una mezcla de aromas cautivadora.

“¿Cómo estás, Bel? ¿Lo de siempre?” preguntó uno de los vendedores al reconocerla.

“Sí, pero esta vez agrégame unas avellanas extra. Tengo que cumplir con un pedido especial,” respondió, mientras observaba los colores vibrantes de las frutas deshidratadas.

De regreso en su departamento, Bel pasó horas en la cocina, inmersa en su rutina.La cocina era un refugio cálido y acogedor, su lugar seguro en medio del caos diario. Las paredes estaban pintadas en un suave tono crema, decoradas con estantes de madera clara donde descansaban frascos de vidrio llenos de especias, granos y pequeñas galletas caseras. Una mesa central, desgastada pero llena de carácter, ocupaba el corazón de la habitación, cubierta con utensilios de cocina, moldes y bandejas que parecían haber sido testigos de infinitas creaciones dulces. Sobre el fregadero, una ventana dejaba entrar la luz natural que iluminaba las plantas en pequeñas macetas de cerámica, distribuidas estratégicamente en las repisas. El aroma a cacao, vainilla y café recién hecho siempre flotaba en el aire, envolviendo todo en una atmósfera reconfortante. Cada rincón parecía contar una historia de esfuerzo y pasión, desde el antiguo reloj de pared que marcaba las horas con suavidad, hasta los libros de recetas apilados en un rincón, con páginas llenas de anotaciones y marcas de uso. Era un espacio que alimentaba su alma. 

Su tarde transcurrió entre moldes, utensilios y el dulce aroma del chocolate derritiéndose al baño maría. Los pedidos atrasados parecían no tener fin, y el sonido rítmico del cuchillo cortando los ingredientes marcaba el paso de las horas. Bel trabajó sin descanso, concentrada en cumplir con todo lo que el viaje había dejado pendiente. Cuando el sol comenzó a esconderse tras las ventanas, miró el reloj y dejó escapar un suspiro pesado. “Basta,” se dijo finalmente, soltando los utensilios y apartando la última bandeja terminada.

Se dirigió al baño, dejando caer la ropa a medida que avanzaba, deseando sentir el alivio del agua caliente sobre su piel. El vapor llenó rápidamente el espacio, relajando sus músculos tensos mientras cerraba los ojos bajo la ducha. Estaba tan agotada que, al salir y envolverse en una toalla, no le quedaban energías para pensar en el libro, en el hombre misterioso o en los extraños sueños que la habían acompañado últimamente.

Cuando finalmente se dejó caer en la cama, las sábanas frescas la envolvieron como un abrazo. Cerró los ojos apenas su cabeza tocó la almohada y, en cuestión de segundos, se hundió en un sueño profundo

De repente,

Se encontraba frente a la vieja casa de San Telmo, cargando una caja de bombones. La puerta de madera estaba abierta, y la misma luz tenue que recordaba iluminaba el interior. El sillón de madera tallado, con las iniciales ahora claramente visibles, la esperaba en el centro de la sala.

La señora mayor apareció, con su misma mirada penetrante. Trajiste el pedido? Si dijo Bel tímidamente, bueno entoces “Siéntate,” le ordenó, señalando el sillón.

Bel obedeció, sintiendo que no tenía opcion.

“Vendate los ojos,” dijo, colocando una venda negra sobre sus manos.

Aunque dudó, Bel hizo lo que le pedían. Apenas lo hizo, el sueño cambió de escenario. Ahora estaba de pie, con los brazos atados con cuerdas por encima de la cabeza, su cuerpo expuesto y sus pezones rozando la fría piedra de la pared.

El hombre de los ojos claros apareció frente a ella, su mirada intensa la atravesó. “Sabes contar,” dijo con un tono grave. “Porque ahora debes pagar el precio por haberte ausentado tanto.”

Antes de que pudiera procesar esas palabras, Alondra emergió de las sombras, con su sonrisa cálida y su energía desbordante. Se acercó, susurrándole al oído: “Persigue tus sueños.”

Detrás de ella, la chica de la coleta, con su porte elegante y una expresión serena, caminó hacia Bel. Sus ojos, cargados de misterio, parecían examinar cada rincón de su ser. Colocó una mano sobre su piel desnuda y preguntó: “¿Qué estás dispuesta a dar?”

Bel, en el sueño, comenzó a contar, su voz al principio sono temblorosa, pero luego se la noto a gusto. Sentía como una fusta la azotaba sobre su cola, era una sensación intensa, le dolía pero a su vez la llenaba de placer, 7, respiraba, 8 y así llego hasta el número 25, sentía el ardor en su cola y una mezcla de satisfacción y excitación que la embriagaba.

El hombre dio un paso hacia ella, alondra y la princesa ya no estaban Bel estaba sola con el hombre misterioso. Se acercó a ella y suavemente empezó a tocarla, Bel lejos de inquietarse disfrutaba el momento, primero acaricio la espalda después su cuello recorriendola hasta pellizcar sus pezones, es usted Señor pronunció Bel con voz temblorosa, ella estaba segura de quién era, Bel estás de vuelta? Estás lista? Pregunto el hombre misterioso, bajando sus manos sobre la entrepierna, la sensacion fue indescriptible sus movimientos la mojaban de una forma que solo una persona sabía hacer, cuando estaba a punto de sentir un orgasmo Bel pregunto de nuevo " Es ud  Señor, puedo acabar por favor?" pero nada se escuchó, ya a punto del explotar ella exclamó por favor quiero acabar penetrarme, por favor... y de repente un sonido fuete la despertó sobresaltada, uno de los postigos golpeaba sin cesar, maldito viento pensó Bel.

Instintivamente, se levantó de la cama y fue directamente al armario donde había guardado el libro. Lo sacó con manos temblorosas, encendió la lámpara y lo abrió en la primera página.

Los símbolos y las palabras “Conozco tus secretos” no estaban.

“No puede ser,” murmuró, pasando las páginas rápidamente. “Yo leí eso… No estoy loca. ¡Estaban aquí!”

Sus dedos recorrían las páginas con desesperación, pero no encontraba las palabras ni los símbolos que recordaba. Cerró el libro con fuerza, apoyándolo contra su pecho, mientras su mente trataba de procesar lo que estaba ocurriendo.

“Mi señor, NC, no puede ser” murmuró. “¿Por qué vuelves a mí en este momento, pasaron 8 años?”

Intentó calmarse, pero la mezcla de emociones no la dejaba tranquila. Volvió a la cama, dejando el libro sobre la mesita de noche. Se giró de un lado a otro, buscando una posición cómoda, pero su mente seguía revoloteando entre los sueños, las señales y las emociones reprimidas, la frase desaparecida y por que NC se me aparecia ahora se preguntaba. No podia dormir, atrapada en un torbellino de preguntas sin respuestas daba  vueltas y vueltas en la cama, sus pensamientos vagaban entre el miedo y las fantasías de lo vivido que empezaban a materializarse en su mente,  intentó relajarse. Se acomodó mejor entre las sábanas, cerró los ojos y dejó que su respiración marcara un ritmo pausado. Tras dar vueltas en la cama, un impulso la llevó a abrir el cajón de la mesita de noche. Sus dedos rozaron su "pequeño aliado", un objeto que había sido testigo silencioso de tantas noches en las que necesitaba escapar de la presión y desconectar. Lo sostuvo un momento, dudando, pero la sensación de tensión y excitacion acumulada le dejó claro que necesitaba soltarla de alguna manera.

Deslizó las sábanas hacia abajo, dejando que el frescor de la noche acariciara su piel. Cerró los ojos y se concentró en el suave ritmo que generaba con su movimiento. Poco a poco, su respiración se volvió más profunda, mezclándose con los recuerdos fugaces de las emociones de lo vivido en el sueño y de sus recuerdos con NC 

La intensidad creció rápidamente, haciéndola morderse el labio para no dejar escapar un sonido demasiado alto en la quietud de la noche. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y finalmente, un estremecimiento la hizo arquearse mientras se entregaba al clímax del orgasmo. La oleada de liberación que la invadió dejó su mente en blanco por un momento, como si todo ese caos de pensamientos se desvaneciera por completo.

Exhaló un suspiro largo, dejando que su cuerpo se relajara por fin. Guardó el aparatito en el cajón, acomodó las sábanas y cerró los ojos, con la esperanza de que el sueño reparador la alcanzara. Esta vez, la oscuridad la envolvió rápidamente, y, agotada, se dejó llevar hacia un descanso profundo.


martes, 21 de enero de 2025

Capitulo 18

El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas del bungalow cuando Bel abrió los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y melancolía. Era el último día en el paraíso caribeño, y aunque el viaje había sido inolvidable, algo en ella ansiaba regresar a casa. Quizás fuera el cansancio acumulado o la necesidad de enfrentar las preguntas que había dejado atrás.

Ramón llegó puntual a las diez de la mañana, con su sonrisa característica y esa calidez que parecía impregnarlo todo. “¿Listos para el regreso?” preguntó, mientras cargaba las valijas en el Jeep. Bel asintió, agradecida por su amabilidad, aunque una parte de ella se sentía aliviada de que el viaje estuviera llegando a su fin.

Durante el trayecto al aeropuerto, las vistas que tanto la habían fascinado al llegar parecían tener ahora un tono más melancólico. Las palmeras se mecían suavemente con la brisa, y las playas, bañadas por el sol, eran un recordatorio de los días pasados. Su pareja intentaba animarla con comentarios sobre el paisaje y bromas ligeras, pero Bel estaba demasiado inmersa en sus pensamientos para responder con algo más que sonrisas cortas.

En el aeropuerto, todo transcurrió con rapidez. Sin embargo, al llegar al control de seguridad, Bel sintió un leve cosquilleo de nerviosismo. ¿Para qué traje ese juguete si ni siquiera lo usé? pensó, mientras pasaba el escáner con su bolso de mano. Aunque nadie parecía prestar atención, la vergüenza la invadió por completo, y no pudo evitar una sonrisa nerviosa. Definitivamente, esto no era necesario penso.

El vuelo de regreso transcurrió en calma, pero no con la paz que Bel esperaba. Sentada junto a la ventanilla, observaba cómo las nubes se extendían como un mar infinito bajo el avión. Su pareja dormía profundamente a su lado, mientras ella repasaba una y otra vez los eventos que habían marcado las últimas semanas.

La conexión con el dije era algo que no podía ignorar. Cada vez que lo tocaba, sentía algo inexplicable: un eco de sus sueños, una claridad momentánea que parecía iluminar las preguntas que la atormentaban. Pero al mismo tiempo, las iniciales grabadas en el la silla y en el dije que colgaba en la mano de ese hombre, daban vuelta en su cabeza, esas que ella creía saber a quién pertenecían, eran un recordatorio de algo que había enterrado en un cofre bajo tierra encadenado bajo siete llaves. ¿Por qué ahora? se preguntó, sintiendo que liberar esos recuerdos sería como abrir una puerta que tal vez no podría cerrar.

Las palabras de Alondra también resonaban en su mente: “Persigue tus sueños.” ¿Acaso ella entendía lo que eso significaba para Bel? ¿Lo que implicaba enfrentarse a sus deseos más profundos, esos que apenas lograba aceptar para sí misma?

Y luego estaban los bombones, la orden misteriosa que parecía haber sido una señal más en un encargado  extravagante que no lograba comprender. Pero lo que más la desconcertaba era la imagen de la chica de la coleta, la princesa de sus sueños. Esa sí que no encaja, pensó, cerrando los ojos por un momento. ¿Por qué aparecía en todo esto? ¿Qué significaba?

El aterrizaje en Ezeiza la sacó de sus pensamientos. Ya en la terminal, mientras recogían sus valijas, su pareja se acercó y le dijo: “¿Querés que me quede con vos? Pedimos algo para comer, nos relajamos y descansamos juntos.”

Bel lo miró, notando el cariño en su oferta. Pero algo en ella necesitaba espacio, tiempo para procesar todo lo que había vivido. “Gracias, pero no,” respondió con una sonrisa suave. “Estoy agotada, y mañana tengo un día complicado. Mejor nos vemos el fin de semana.”

Él asintió, respetando su decisión. “Está bien. Me avisas si necesitas algo, ¿sí?”

Cuando finalmente llegó a su departamento, Bel sintió una oleada de alivio al cerrar la puerta detrás de ella. El silencio del lugar, la familiaridad de sus cosas, le proporcionaron un consuelo que no había encontrado en el viaje. Dejó las valijas junto a la entrada y se dirigió directamente al placar. Sabía lo que quería hacer. El libro.

Abrió la puerta del armario, sacando el libro con cuidado. Sus dedos recorrieron la tapa, reconociendo cada detalle que había observado antes. Pero cuando estuvo a punto de abrirlo, algo la detuvo. Todavía no, pensó, cerrándolo de nuevo. No esta noche.

Dejó el libro sobre la mesa del living y caminó hacia su habitación. Al caer sobre la cama, dejó escapar un suspiro. “Por fin en mi cama,” murmuró, mientras sentía cómo el cansancio se apoderaba de ella. 
Antes de quedarse dormida, acarició el dije con los dedos, buscando la sensación familiar que siempre le proporcionaba. Y ahí estaba, como una conexión que la tranquilizaba se quedó dormida.


Capitulo 17

Bel no quería levantarse la calidez de las sábanas y el aroma salado del mar que llegaba desde la ventana la ponían en un estado remolon que no quería abandonar. El sueño de la noche anterior seguía fresco en su mente, llenándola de una excitación que le gustaba y no quería abandonar. Sus pensamientos se entremezclaban entre la fantasía y la realidad, mientras su piel reaccionaba al recuerdo de las sensaciones vividas en su subconsciente.

Su pareja se estaba vistiendo junto a la cama, ajustándose una camiseta ligera. “Me anoté en la clase de arquería. Es toda la mañana,” comentó con una sonrisa. “¿Te animas a venir?”

Bel negó con la cabeza, con una mirada timida. “Prefiero quedarme. Quiero tomarme un momento de descanso antes de la despedida esta noche.”

“Perfecto. Te veo al mediodía entonces,” respondió él, inclinándose para besarla suavemente en los labios. “Te quiero.”

“Yo también,” dijo ella, con una sonrisa que intentaba ocultar la tormenta de deseo que llevaba dentro.

Cuando él cerró la puerta, Bel se quedó en la cama unos minutos más, intentando ordenar sus pensamientos. Pero la inquietud no se iba. Se levantó lentamente y caminó hacia la ducha, dejando que el agua caliente recorriera su cuerpo. Cada gota parecía intensificar las imágenes del sueño: Alondra, sus manos, la princesa… y esa voz que seguía repitiendo la misma pregunta, como un eco persistente.

Después de vestirse con un vestido ligero de lino, decidió salir al balcón para despejar su mente. El complejo estaba tranquilo, con apenas unos turistas caminando hacia el desayuno o la playa. Fue entonces cuando un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.

Al abrir, encontró a Alondra, vestida con un pareo color coral que apenas cubría su figura. Su cabello estaba suelto, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, y su sonrisa tenía esa mezcla de confianza y picardía que siempre desarmaba a Bel.

“¿Puedo pasar?” preguntó Alondra, con su tono suave y casi susurrante.

Bel dudó un instante, pero finalmente se apartó para dejarla entrar. “¿Está todo bien?” preguntó, tratando de sonar casual.

“Vi que tu pareja se fue temprano,” comentó Alondra, mientras caminaba hacia el balcón. “Pensé que tal vez te gustaría algo de compañía.”

Bel tragó saliva, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. “Claro… compañía suena bien.”

La conversación fue breve al principio, pero la tensión entre ambas era innegable. Alondra se acercó lentamente, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que Bel sintiera el calor de su cuerpo. “Eres muy hermosa, Bel,” dijo Alondra en un tono bajo, casi como un secreto.

Bel no pudo responder. Sus pensamientos eran un caos, pero su cuerpo reaccionó por instinto. Cuando Alondra tomó su rostro entre las manos y la besó, Bel no se apartó. En cambio, se dejó llevar, permitiendo que la conexión que había sentido desde el principio se transformara en algo físico, algo que ya no podía ignorar.

El momento se desarrolló con una mezcla de suavidad y pasión. Las manos de Alondra eran firmes pero delicadas, recorriendo cada rincón de su piel mientras sus labios exploraban con una intensidad que Bel nunca había experimentado. La cama se convirtió en su escenario, y el mundo exterior dejó de existir. Bel se sintió expuesta y, al mismo tiempo, más viva que nunca.

Cuando todo terminó, Alondra se quedó unos minutos más, acariciando el cabello de Bel mientras ambas recuperaban la respiración. Bel intentó hablar, reunir el valor para contarle sobre sus sueños, sobre las voces y las imágenes que no podía sacar de su mente. “Hay algo que quiero decirte…” comenzó, pero las palabras murieron en su garganta. ¿Cómo explicarle algo tan extraño, tan íntimo, sin parecer loca?

Alondra la miró con suavidad, como si entendiera más de lo que Bel decía. “No tienes que decir nada,” dijo, con una sonrisa que irradiaba comprensión. “Eres una persona hermosa, por dentro y por fuera. No dejes de perseguir tus sueños.”

Bel se quedó en silencio, sintiendo cómo esas palabras resonaban en lo más profundo de ella. Antes de salir, Alondra se giró una última vez y añadió: “Y recuerda: lo que buscas está más cerca de lo que crees.”

Cuando la puerta se cerró, Bel se apoyó contra ella, sintiendo que su mente y su corazón estaban en conflicto. Se dio una ducha, como si el agua pudiera borrar lo que había sucedido, pero las palabras de Alondra seguían repitiéndose en su mente.

Por la tarde, Bel y su pareja fueron a la playa. El sol estaba hermoso, y el sonido de las olas llenaba el ambiente con una serenidad que contrastaba con el caos interno de Bel. Pasaron la tarde entre risas y conversaciones ligeras, pero ella no podía evitar sentirse desconectada, como si estuviera viendo su vida desde fuera.

Esa noche, el resort organizó una fiesta de despedida junto a la piscina. Las luces colgaban de las palmeras, creando un ambiente cálido y festivo. La música caribeña resonaba por todo el lugar, y las risas de los huéspedes se mezclaban con el tintineo de las copas. Bel y su pareja bailaron, rieron y disfrutaron de la comida
 Alondra estaba sentada en el bar, conversando con otros huéspedes. Sus miradas se cruzaron en un instante que pareció durar una eternidad. Alondra le sonrió con complicidad, y Bel sintió un calor subir por su cuerpo. Pero esta vez, no hizo ningún movimiento. Sabía que no habría más entre ellas, y que esa experiencia no la llenaba del todo.

Alrededor de la 1 de la madrugada, regresaron al bungalow. Bel estaba agotada por todo lo que había pasado en su mente. Se dejó caer en la cama, sintiendo cómo el sueño la envolvía rápidamente. Mañana, Ramón los recogería a las 10 para llevarlos al aeropuerto, y la realidad los esperaba nuevamente en buenos aires.

lunes, 20 de enero de 2025

capitulo 16

Capítulo 16

La mañana comenzó con un sol resplandeciente que anunciaba un día perfecto. Hoy era día de paseo por la isla. Ramón los pasó a buscar en el Jeep del resort, con su típica sonrisa amplia y una energía contagiosa. “Hoy les voy a mostrar la verdadera esencia de la isla,” dijo mientras arrancaba el vehículo. Bel y su pareja se miraron emocionados; el día prometía ser especial.

El camino era un deleite para los sentidos. Ramón conducía con confianza por carreteras serpenteantes bordeadas de palmeras y árboles tropicales que formaban un techo natural sobre ellos. Cada tanto, el Jeep cruzaba pequeños pueblos llenos de vida, con casas de colores vibrantes y mercados locales donde la gente ofrecía frutas frescas y artesanías.

“Esa es Playa Bávaro,” anunció Ramón señalando hacia el lado izquierdo. “Es famosa por su arena blanca y su agua cristalina. Un lugar perfecto para relajarse.” Bel observó el horizonte, maravillada por los tonos turquesas del mar que parecían fundirse con el cielo.

Más adelante, cruzaron una selva densa, llena de sonidos de aves y hojas que susurraban con el viento. “Aquí, en la Reserva Ecológica Ojos Indígenas, la naturaleza es la dueña,” comentó Ramón, haciendo una pausa dramática antes de añadir: “Pero eso no es nada comparado con lo que les espera esta tarde.”

Bel sonrió ante la teatralidad de Ramón, mientras su pareja le apretaba la mano con entusiasmo. “Esto es increíble,” murmuró él, haciendo que ella lo mirara con ternura. Sus risas compartidas y la ligereza del momento lograron que Bel olvidara, los pensamientos que habían rondado su mente desde que llegaron a la isla.

Hicieron varias paradas en playas desiertas y miradores con vistas impresionantes. Bel, tímida pero curiosa, sacó fotos con su teléfono mientras Ramón contaba anécdotas sobre la historia de la isla y los secretos que escondían esos rincones paradisíacos, eran cuentos de todo tipo.desde.piratas, hasta romances de gente famosa cuyas identidades no.podia.revelar. “Este lugar tiene magia,” dijo él, con una sonrisa que hacía difícil no creerle.

Cuando el sol comenzó a bajar en el cielo, Ramón los condujo hacia una colina. “Es hora de la sorpresa,” anunció, aumentando la expectativa. El Jeep subió por un camino empedrado rodeado de vegetación, hasta llegar a un bar enclavado en lo alto, con una terraza que ofrecía una vista inigualable.

El atardecer pintaba el cielo con tonos anaranjados, rosados y violetas, mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte. Bel se apoyó en la barandilla de la terraza, dejando que la brisa le acariciara el rostro. Su pareja se acercó por detrás y la abrazó. “Es hermoso, ¿no?” susurró en su oído.

“Sí, lo es,” respondió ella,

Ramón los guió hacia una mesa en la terraza, donde un código QR brillaba bajo la luz tenue. “Pueden ver la carta aquí. Tómense su tiempo, no hay prisa.”

Bel tomó su teléfono y escaneó el código. Cuando la pantalla mostró el encabezado del menú, sintió un escalofrío: Bar encantado “ donde tus sueños se cumplen y se revelan tus secretos.”

Su corazón se detuvo por un instante. Sintió un frío que le recorría la espalda y su mano tembló ligeramente. Su pareja notó su cambio de expresión. “¿Estás bien?”

“Sí… sí, creo que algo me cayó mal,” respondió rápidamente, levantándose de la mesa. “Voy al baño un momento.”

Caminó apresuradamente hacia el interior del bar. El baño estaba decorado con cañas de bambú y luces cálidas que, en cualquier otra circunstancia, habrían resultado reconfortantes. Pero en ese momento, todo le parecía irreal. Se apoyó en el lavabo, tratando de calmar su respiración. Su reflejo en el espejo le devolvía una mirada cargada de confusión. Me estarán dando un mensaje pensó.

Llevó una mano al dije que colgaba de su cuello. Al tocarlo, una corriente de emociones la recorrió. Durante un minuto, esa sensación familiar de conexión y claridad regresó con fuerza. Pero entonces, en el espejo, algo cambió. Por un instante, creyó ver el reflejo de un hombre detrás de ella. Esos ojos claros, intensos, que la miraban con una mezcla de autoridad y misterio, eran tan familiares que la reconfortaban . “No te olvides,” susurró una voz profunda, o tal vez lo imaginó.

Bel giró bruscamente, pero no había nadie. El baño estaba vacío, y el único sonido era el de su propia respiración entrecortada. Cerró los ojos y apoyó ambas manos en el lavabo, intentando recuperar la calma. Me estaré volviendo loca penso. Cuando volvió a mirar al espejo, solo estaba su reflejo.

Se recompuso como pudo,.por un momento cerró los ojos tratando de volver a ese trance, pero no paso nada, pensó tengo que calmarme. Al regresar a la mesa. Su rostro estaba ligeramente pálido, y su sonrisa era tensa. “¿Todo bien?” preguntó su pareja, preocupado.

“Sí, creo que algo me cayó mal,” dijo, tomando un sorbo de agua y sonrojandose. A pesar de sus distracciones en el caribe, no podía evitar que su mente volviera al libro, a los bombones, al hombre de los ojos claros. Todo parecía estar conectado, como si un hilo invisible la guiara hacia algo que no terminaba de comprender. Se sintió culpable por haber dejado de pensar en ello

La conversación continuó de forma superficial, pero lo ocurrido en el baño la acompañó durante el resto de la velada. Mientras volvían al resort, Ramón seguía contando historias sobre la isla, pero Bel apenas escuchaba. Miraba por la ventana del Jeep, viendo cómo las luces del pueblo se desvanecían en la distancia, mientras una pregunta resonaba en su mente: “¿Qué significa todo esto que me pasa?”

La noche cubría el resort con su manto de estrellas, mientras las suaves olas rompían en la distancia. Dentro del bungalow, el silencio solo era interrumpido por la respiración tranquila de su pareja, ya profundamente dormido. Bel, en cambio, no lograba conciliar el sueño. El día había sido intenso, lleno de paisajes que alimentaron su alma, pero ahora, en la quietud de la noche, las sombras de su mente cobraban vida se sentía excitada por lo que había vivido en el bar, ese hombre misterioso la ponía en ese estado. Intentó relajarse, pensó en tocarse con su juguete preferido, pero estaba exhausta, finalmente cerró los ojos y quedó atrapada por el sueño.

De repente se encontraba en un salón oscuro, iluminado apenas por la luz parpadeante de unas velas. Las paredes eran de piedra antigua, cubiertas de enredaderas que parecían moverse con vida propia. A pesar de la penumbra, podía distinguir los contornos de un castillo imponente, cuya estructura parecía mezclar lo real y lo fantástico. El aire olía a incienso y flores exóticas, un aroma que la transportaba a lugares desconocidos.

Unos pasos resonaron detrás de ella, suaves pero firmes. Antes de que pudiera darse la vuelta, unas manos cálidas cubrieron sus ojos con un paño de seda. “Es hora,” susurró una voz femenina cerca de su oído. La reconoció al instante: era Alondra.

“¿A dónde vamos?” preguntó Bel, aunque su voz salió apenas como un susurro.

“No temas, te estamos llevando a donde perteneces,” respondió otra voz, esta más suave, y angelical, pero cargada de una autoridad extraña. Era la chica de la coleta, la princesa. Bel sintió cómo ambas mujeres la tomaban de las manos, guiándola a través de un pasillo que parecía alargarse infinitamente. Podía escuchar el eco de sus pasos, el crujir
 sus pies descalzos sobre las tablas del piso, y el distante murmullo de una risa masculina que la hizo estremecer.

“¿Quién está ahí?” preguntó con un temblor en la voz, pero nadie respondió.

De pronto, las manos que la guiaban se detuvieron. La seda fue retirada de sus ojos, y lo que vio la dejó sin aliento. Frente a ella, un salón enorme se abría en toda su majestuosidad. Las paredes estaban adornadas con tapices que mostraban escenas de  sumision, como si de un catalogo de prácticas sexuales se tratara, que de algún modo le provocaban una excitación indescriptible . En el centro, un trono de madera oscura y tallada se alzaba imponente, vacío, pero irradiando una presencia que la hacía temblar. En su cabezal había dos iniciales talladas con elegancia que no lograba leer bien pero algo había en ellas que la hacían sentir calmada.

Bel se dio cuenta de que estaba vestida con un fino vestido blanco, casi transparente, que dejaba expuesta su piel y sus partes intimas. Se sintió vulnerable bajo las miradas que sabía que la observaban. Giró la cabeza y vio a Alondra a su derecha, con una sonrisa serena pero intensa. La princesa, a su izquierda, sujetaba su mano, y su mirada era un enigma de inocencia y autoridad. Ambas mujeres irradiaban una energía que la envolvía y la atraía.

“Es hora de pagar el precio,” dijo la princesa, con un tono que no admitía dudas.

“¿El precio de qué?” logró preguntar Bel, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

“El precio de tus deseos,” respondió una voz masculina desde la penumbra. Era profunda y resonante, cargada de misterio y ternura. Cuando el hombre dio un paso adelante, Bel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era el hombre de los ojos claros, el mismo que había visto tantas veces en sus sueños y en la plaza. Su rostro irradiaba una mezcla de severidad y compasión, y su presencia llenaba todo el salón.

“¿Qué estás dispuesta a dar?” preguntó el hombre, acercándose lentamente. En su mano sostenía un dije pero no era igual al que ella llevaba  tenía una chapita plateada con unas iniciales que no llegaba a leer . “Esto no es un simple adorno, Bel. Es la llave a todo lo que anhelas.”

Bel intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta. Antes de que pudiera reaccionar, Alondra se acercó, colocándose detrás de ella. Sus manos comenzaron a recorrer sus brazos con suavidad, mientras la princesa tomaba su mano y la guiaba hacia el trono.

“Confía en nosotras,” dijo Alondra, su voz baja y tranquilizadora. “Te llevaremos al lugar donde todo cobra sentido.”

Bel se dejó guiar, aunque su mente estaba llena de preguntas. Cuando llegó al trono, sintió cómo unas suaves cuerdas de seda sujetaban sus muñecas a los reposabrazos. La princesa le ajustó una venda sobre los ojos, mientras Alondra susurraba palabras incomprensibles cerca de su oído. Todo su cuerpo reaccionaba con una mezcla de miedo y placer.

“¿Qué estás dispuesta a entregar para alcanzar lo que deseas?” repitió el hombre, su voz ahora más cerca, más firme.

Bel quiso responder, pero justo cuando iba a abrir la boca, sintió un cosquilleo en su piel, como si el aire mismo estuviera tocándola. La sensación era casi extática, pero antes de que pudiera entregarse por completo, un sonido fuerte la sacó de su trance.

Se despertó de golpe, con el corazón golpeándole el pecho. El sonido del mar se mezclaba con el de la respiración tranquila de su pareja. Por un momento, no supo dónde estaba. Las imágenes del sueño seguían vivas en su mente: las manos, las voces, el trono, esas iniciales pensó, no puede ser? Será eso, cayó de golpe, no lo creo, era una vieja historia que Bel había enterrado hace muchos años, debe ser mi imaginación, intentó convencerse.

Instintivamente, llevó la mano al dije que colgaba de su cuello. Apenas lo tocó, una chispa de calidez recorrió su cuerpo, como si el objeto confirmara lo que había visto.

“¿Estás bien?” preguntó su pareja, entreabriendo los ojos. “Pareces… sorprendida.”

Bel asintió rápidamente, tratando de controlar su respiración. “Solo tuve un sueño raro, nada más.”

Él la miró con ternura, pero también con una pizca de preocupación. “Bueno, recuerda que esto es para relajarnos. Nada de preocuparse, ¿sí?”

“Sí,” respondió ella, aunque sabía que no era tan sencillo. Cerró los ojos nuevamente, pero esta vez no logró dormir. El sueño había sido demasiado real, demasiado intenso. 

domingo, 19 de enero de 2025

Capitulo 15


El sol comenzaba a colarse tímidamente por las ventanas del bungalow cuando Bel abrió los ojos. Se sentía revitalizada, como si el día la llamara a vivir algo especial. Era el día del masaje en pareja, y la idea de tener a Alondra tan cerca, tocándola, la llenaba de una mezcla de excitación y nervios. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras acariciaba el dije que colgaba de su cuello, como si este compartiera su emoción secreta.

Su pareja aún dormía profundamente, con la respiración acompasada. Bel decidió levantarse y prepararse con calma. Se dio una ducha rápida y dejó que el agua caliente recorriera su piel, relajándola y avivando al mismo tiempo su imaginación. No podía evitar pensar en cómo sería estar en esa sala de masajes, con Alondra a su lado, sintiendo sus manos recorrer su cuerpo, mientras veía como masjeaban a su novio. A Bel le gustaba verlo disfrutar mientras estaba con otra mujer, una fantasía que nunca le había atrevido a contrasela.

Cuando estuvieron listos, caminaron juntos hacia el spa. El camino estaba bordeado por cañas de bambú que se mecían suavemente con la brisa. El sonido del viento silbando entre las hojas se mezclaba con el susurro del agua de una pequeña fuente cercana. Todo el ambiente parecía diseñado para relajar los sentidos. Un aroma a lavanda y eucalipto flotaba en el aire, y los pasos de ambos sobre el sendero de piedra parecían amortiguados por la serenidad del lugar.

La entrada al spa era un arco de madera oscura, decorado con flores tropicales y luces suaves que daban al espacio un aire íntimo y acogedor. Alondra estaba allí, esperándolos con una sonrisa que, como siempre, desarmó a Bel. Junto a ella había otra masajista, su nombre era Thai, una mujer de piel morena y rasgos delicados, con una gracia especial en cada movimiento. Llevaba un uniforme blanco impecable que contrastaba con la calidez de su mirada.

“Bienvenidos,” dijo Alondra, con ese tono melodioso que parecía envolver a cualquiera que la escuchara. “Hoy tendrán una experiencia inolvidable.”

“Eso espero,” respondió Bel, intentando que su voz no traicionara la mezcla de emociones que sentía.

Alondra las guió a una sala amplia y serena, iluminada por velas y con paredes cubiertas de tejidos en tonos neutros. En una esquina, un pequeño jardín zen con piedras y arena blanca completaba el ambiente. Dos camillas estaban preparadas, cada una adornada con toallas perfectamente dobladas y flores frescas. El aroma a aceites esenciales llenaba el espacio, creando un efecto casi hipnótico.

“Por favor, acomódense,” dijo Thai, con una sonrisa cálida. “Yo me encargaré de ti,” añadió, dirigiéndose a la pareja de Bel.

Bel y su pareja intercambiaron una mirada antes de quitarse las batas y acostarse en las camillas. La sensación de la tela suave bajo su cuerpo y el calor del aceite que Alondra vertió sobre sus manos antes de empezar a masajearla fueron suficientes para que cerrara los ojos y se dejara llevar.

El primer contacto fue electrizante. Las manos de Alondra eran firmes pero delicadas, y cada movimiento parecía estar calculado para despertar sensaciones que Bel no había experimentado antes. A medida que las caricias se volvían más profundas, Bel sintió cómo su cuerpo se relajaba, pero su mente, en cambio, se agitaba.

Por el rabillo del ojo, alcanzó a ver cómo la otra masajista trabajaba con su pareja. Las manos de la mujer recorrían su espalda con una gracia que parecía casi teatral. Bel no podía evitar imaginarse lo que él estaría sintiendo y su mente fantaseaba con ver sus cuerpos mezclados teniendo sexo . Una mezcla de celos y excitación la invadió. La idea de que otra mujer tocara a su pareja la llenó de una sensación que no podía explicar del todo. ¿Era el placer de verlo disfrutar? ¿O era algo más oscuro, más visceral?

“¿Estás bien?” susurró Alondra cerca de su oído, interrumpiendo sus pensamientos.

“Sí… más que bien,” respondió Bel, apenas pudiendo controlar el temblor en su voz.

El masaje continuó, y cada vez que las manos de Alondra se deslizaban por sus hombros o sus piernas, Bel sentía cómo una corriente eléctrica recorría su cuerpo. Hubo un momento en el que sus ojos se abrieron, y encontró la mirada de Alondra. Fue fugaz, pero suficiente para que su respiración se acelerara.

En la camilla de al lado, su pareja soltó un suspiro de satisfacción. Bel lo observó por un instante, notando cómo se relajaba completamente bajo las manos expertas de la otra masajista. Aunque no quería admitirlo, aquello la excitaba más de lo que debería.

Cuando el masaje terminó, Alondra la ayudó a levantarse. “Espero que lo hayas disfrutado,” dijo, con una sonrisa que parecía esconder un mundo de secretos.

“Mucho,” respondió Bel, con las mejillas ardiendo.

Mientras salían del spa, su pareja tomó su mano y comentó: “No sabía que esto podía ser tan relajante. Me alegra que me convencieras.”

Bel sonrió, pero su mente seguía atrapada en las sensaciones que Alondra había despertado. Ahora, más que nunca, sabía que ese viaje le estaba mostrando facetas de sí misma que nunca había explorado.

Esa noche, mientras descansaban en el bungalow, Bel no pudo evitar recordar cada detalle del masaje. Las manos de Alondra tocando sus muslos, la sensación de compartir esa experiencia con su pareja y las emociones contradictorias que todo aquello le había provocado. Se abrazó al cuerpo de su pareja, buscando consuelo en su calor, pero en el fondo sabía que sus fantasías no eran compartidas y que su mente era un torbellino de emociones difíciles de aplacar.



Capitulo 14

El día comenzó temprano, con el sol caribeño iluminando el bungalow y el sonido de las olas rompiendo en la distancia. Bel despertó despacio, sintiendo cómo la calidez del ambiente la invitaba a quedarse unos minutos más bajo las sábanas. Su pareja ya no estaba en la cama. Como cada mañana, había salido a caminar por la playa, dejándola disfrutar de un despertar tranquilo.

Bajó al restaurante, aún con el cabello ligeramente húmedo tras una ducha rápida. Él la esperaba en una mesa junto a la ventana, donde el aroma del café recién hecho se mezclaba con el aire salado. Tenía un folleto en las manos y una sonrisa en el rostro.

“Llegas tarde, dormilona,” la saludó, levantando la mirada. “Hoy nos esperan salsa, acuagym y yoga. ¿Lista para que demostremos nuestras habilidades?”

Bel arqueó una ceja, divertida. “¿Nuestras habilidades? Si apenas puedes coordinar dos pasos sin pisarme.”

Él fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho. “Eso fue en nuestra primera cita. He mejorado, te lo aseguro.”

“Bueno, veremos qué tan ciertas son tus palabras,” respondió ella, con una sonrisa que escondía un leve rubor.

La clase de salsa tuvo lugar bajo una pérgola adornada con flores tropicales, mientras el instructor, un hombre de unos 30 años con movimientos perfectos, guiaba al grupo con energía. “Sientan el ritmo, dejen que el cuerpo fluya,” decía mientras ejecutaba un giro impecable. Bel intentaba seguirlo, pero cada tanto tropezaba con su pareja, quien, en lugar de molestarse, soltaba risas cómplices y vergonzosas.

“Creo que necesitamos más prácticas privadas,” bromeó él, sujetándola con firmeza para evitar otro tropezón.

“Más bien un milagro,” respondió ella, tratando de contener su propia risa.

A su alrededor, una pareja joven intentaba sin éxito seguir los pasos, mientras un grupo de gente mayor improvisaba movimientos exagerados, arrancando más risas que pasos coordinados. Bel se sintió parte de algo alegre y despreocupado, y por un momento olvidó las tensiones que traía consigo.

El acuagym fue un cambio refrescante. En la piscina, rodeados de turistas entusiasmados, una instructora con energía desbordante los guiaba con música animada de fondo. “¡Arriba esas piernas! ¡Eso es, como si estuvieran bailando en el agua!” gritaba, mientras algunos seguían los movimientos y otros, como un hombre robusto que parecía más interesado en flotar que en ejercitarse, se convertían en el centro de atención.

“Ese tipo parece más un pato que un turista,” murmuró Bel, haciendo que su pareja soltara una risa contenida.

“Si alguien debe rescatarlo, espero que no sea yo,” respondió él, con una sonrisa que reflejaba más diversión que burla.

Ambos compartieron una mirada cómplice mientras trataban de seguir los movimientos. A pesar de sus intentos, las risas del resto del grupo eran inevitables.

La sesión de yoga, frente a la playa, fue el broche de oro de la mañana. Las posturas fluían con la brisa marina, y el sonido de las olas creaba un ambiente casi mágico. Bel cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba poco a poco. Su pareja, aunque menos flexible, también parecía disfrutar del momento, aunque de vez en cuando lanzaba alguna mirada de complicidad hacia ella cuando perdía el equilibrio.

Tras un almuerzo ligero junto a la piscina, Bel decidió dar un paseo por el resort mientras él se quedaba descansando. Fue entonces cuando vio a Alondra, organizando aceites y toallas cerca del spa. La joven la saludó con un gesto amistoso, y Bel, aunque algo tímida, decidió acercarse.

“¿Trabajas aquí también?” preguntó, intentando sonar casual.

“Sí, soy masajista. Los masajes en pareja son una de nuestras especialidades,” respondió Alondra con una sonrisa.

Bel pensó en su pareja y en cómo podría convencerlo de probar algo diferente. “Podría ser interesante. Lo voy a consultar.”

Esa noche, mientras cenaban, Bel mencionó la idea. “Hoy descubrí que hay masajes en pareja. ¿Qué te parece si probamos uno mañana? Creo que nos vendría bien relajarnos.”

Él levantó la mirada del plato, un poco escéptico. “¿Masajes? Nunca he hecho algo así. No sé si soy el tipo de persona para eso.”

“Vamos, no es tan raro,” insistió ella. “Solo relájate y disfruta. Podría ser divertido.”

Finalmente, él accedió con una sonrisa. “Está bien, pero si mañana estoy hecho un nudo, te culparé.”

Bel rió suavemente. “Trato hecho.”

Esa noche, después de la cena, regresaron al bungalow. Su pareja parecía especialmente cariñoso, y Bel intentó dejarse llevar por la calidez del momento. Se abrazaron en la terraza, con la luna iluminando el mar. “Gracias por este viaje,” le dijo él, con esa ternura que siempre le gustaba. “Me haces feliz.”

“Yo también estoy feliz,” respondió Bel, sintiendo cómo las palabras brotaban con sinceridad, aunque una pequeña parte de ella seguía en silencio, esperando algo más.

Más tarde, cuando estaban en la cama, él comenzó a besarla con suavidad, acariciando su cuello y sus hombros. Bel respondió, dejando que las caricias de su pareja la envolvieran. Poco a poco, la habitación se llenó de murmullos suaves, de suspiros y de una conexión que, aunque tradicional y sin la intensidad que a veces imaginaba, era real.

Cuando todo terminó, él la abrazó, hundiendo su rostro en su cuello. “Te quiero,” le susurró, Bel cerró los ojos, dejando que la calidez de su cuerpo contra el de él la reconfortara, aunque una pequeña parte de su mente siguiera divagando, buscando algo que la llene más.

sábado, 18 de enero de 2025

Capitulo 13

El sol estaba en su punto más alto cuando Bel despertó. El aroma salado del mar se colaba por la ventana, mezclándose con el sonido rítmico de las olas y las risas de los turistas que disfrutaban del día. Su pareja no estaba en la cama; seguramente ya había bajado al restaurante para desayunar.

Se desperezó lentamente, dejando que la calidez de la mañana la envolviera. Tras una ducha rápida, escogió una ligera túnica que dejaba entrever su figura. Mientras ajustaba los nudos, recordó los momentos del día anterior, las actividades en el resort y cómo, pese a su temor inicial, había disfrutado cada instante.

Cuando llegó al restaurante, lo encontró sentado junto a una ventana con vista al mar, hojeando un folleto de actividades con evidente entusiasmo.

“Hoy quiero que hagamos algo emocionante,” dijo al verla, sonriendo. “¿Qué te parece? Banana acuática, o incluso tirolesa.”

Bel sonrió, aunque sintió un pequeño nudo en el estómago al leer las opciones. No sabía nadar, y la idea de estar en el agua la ponía un poco nerviosa. Aun así, no quería arruinarle el día a él ni perderse la experiencia. “Está bien, vamos a intentarlo,” respondió con cierta timidez.

Después del desayuno, ambos se dirigieron al área de deportes acuáticos. La playa estaba llena de energía, con música caribeña de fondo y turistas emocionados esperando su turno. La banana acuática fue lo primero. Bel se subió con cuidado, sujetándose con fuerza mientras su pareja le daba ánimos. Cuando el motor de la lancha arrancó, sintió cómo la adrenalina inundaba su cuerpo. Al principio gritaba más de susto que de diversión, pero, poco a poco, comenzó a disfrutarlo. Las risas de los demás y el agua salpicándola ayudaron a que se relajara.

Más tarde, decidieron probar la tirolesa. Subir hasta la plataforma alta fue un desafío en sí mismo, pero una vez que estuvo arriba, la vista la dejó sin aliento. Podía ver el mar infinito mezclándose con el cielo en un horizonte perfecto. El guía le aseguró que todo era seguro, pero cuando llegó su turno, sus piernas temblaban.

“No tienes que hacerlo si no quieres,” le dijo su pareja, pero Bel negó con la cabeza.

“Voy a hacerlo,” dijo, con más determinación de la que sentía. Se lanzó, sintiendo cómo el aire golpeaba su rostro mientras descendía rápidamente hacia la playa. Cuando llegó al otro extremo, su corazón latía con fuerza, pero no pudo evitar reír. “¡Lo hice!” gritó, sintiéndose orgullosa de sí misma.

Al caer la tarde, volvieron al resort. Bel decidió darse un momento para relajarse en la piscina. Fue ahí donde la vio. Alondra, la joven caribeña de la noche anterior, estaba junto al bar acuático, conversando con algunos huéspedes. Vestía un bikini rojo que acentuaba su figura, y su sonrisa iluminaba todo a su alrededor.

Al notar a Bel, Alondra levantó la mano en un saludo casual. Bel dudó por un momento, pero finalmente decidió acercarse. “Ahora vuelvo,” le dijo a su pareja mientras se levantaba.

La conversación con Alondra comenzó de manera trivial: el clima, las actividades del resort, las recomendaciones sobre lugares para visitar. Sin embargo, había algo en la forma de hablar de Alondra que la atrapaba, una mezcla de seguridad y misterio que la hacía sentir ligeramente incómoda pero fascinada.

En ese momento, su pareja se acercó desde el otro lado de la piscina. Bel sintió un pequeño sobresalto, pero rápidamente recuperó la compostura.

“¿Quién es tu amiga?” preguntó él con una sonrisa amistosa.

“Es Alondra,” respondió Bel, sonriendo con naturalidad. “La conocí esta mañana junto a la piscina.” Mientras decía esto, le lanzó un guiño rápido a Alondra, como una disculpa silenciosa por la mentira piadosa.

Alondra, lejos de incomodarse, le devolvió el gesto con una sonrisa cómplice. “Encantada,” dijo, estrechando la mano de su pareja.

El momento pasó con naturalidad, pero cuando Alondra se despidió para unirse a otros huéspedes, Bel no pudo evitar sentirse intrigada por cómo aquella mujer parecía entenderla sin necesidad de palabras.

Esa noche, tras un paseo en cuatriciclo que dejó a su pareja entusiasmado y hablando sin parar sobre la belleza del atardecer y de la selva, regresaron al bungalow. La atmósfera era romántica, y él, sin perder tiempo, la abrazó con ternura y comenzó a besarla.

Bel intentó dejarse llevar, pero mientras sus caricias avanzaban, no podía evitar sentir que algo faltaba. Las imágenes de sus libros favoritos regresaron a su mente: relatos de pasiones intensas y relaciones cargadas de deseo, sumision y entrega. Reunió valor y le susurró:

“¿Alguna vez has pensado en probar algo diferente?”

“¿Diferente?” preguntó él, mirándola con curiosidad.

“No sé… algo más… intenso,” dijo, eligiendo cuidadosamente las palabras.

Él la miró con una mezcla de confusión y ternura, y luego le dio un beso en la frente. “No necesitas nada de eso. Eres perfecta tal y como eres.”

“¿Y Alondra? ¿Te gustó?” añadió ella, esperando algo que rompiera la monotonía.

“Es una chica agradable,” respondió él, sin captar del todo la pregunta.

La respuesta la dejó desarmada. Mientras él continuaba, ella cerró los ojos y trató de enfocarse en el momento, pero su mente seguía divagando. Alondra, el libro, el dije… todo se mezclaba en un torbellino de sensaciones que no podía controlar.

Cuando él se quedó dormido a su lado, Bel se levantó en silencio y salió al balcón. Allí, acarició el dije que colgaba de su cuello. Una acogedora sensación la invadió, como si aquel pequeño objeto la comprendiera de una manera que nadie más podía. Respiró profundamente, dejando que esa conexión la reconfortara.

El reflejo de la luna sobre el agua y el suave murmullo del mar parecían querer calmarla, pero Bel sabía que sus inquietudes no desaparecerían tan fácilmente. Allí, en la tranquilidad de la noche, una pregunta seguía rondando su mente: ¿por qué sus deseos nunca parecían ser suficientes?

capitulo 12

El día comenzó con un cielo despejado y un sol radiante que iluminaba el complejo. Bel se levantó temprano, sintiendo el frescor de la brisa que entraba por las ventanas abiertas del bungalow. Su pareja ya estaba despierto, revisando en el celular la app con las actividades del resort. Después de una ducha rápida, ambos se dirigieron al restaurante para el desayuno.

El comedor era un festín de colores y aromas. Había una mesa larga repleta de frutas exóticas: mangos, papayas, piñas y guayabas, todas perfectamente cortadas y dispuestas. Un chef preparaba omelets al gusto, y el aroma del café recién hecho llenaba el aire. Bel se sirvió un poco de todo, dejando que la explosión de sabores la transportara a ese estado de relajación que tanto anhelaba. Mientras saboreaba su café, sintió por primera vez en mucho tiempo que podía permitirse desconectar, aunque fuera solo por unas horas.

La mañana transcurrió entre risas y juegos en la playa. Participaron en una clase de baile caribeño organizada por el resort, donde los ritmos sensuales del merengue y la salsa llenaban el ambiente. Bel se sintió algo torpe al principio, pero la energía contagiosa de los instructores y la música terminaron por relajarla. A su pareja no se le daba mucho mejor, pero ambos se rieron lo suficiente como para disfrutar el momento.

Después del baile, tomaron un paseo en kayak por una pequeña laguna cercana al complejo. El agua era cristalina, y Bel se permitió maravillarse con los colores vibrantes de los peces que nadaban bajo ellos. Era todo tan perfecto que, por un instante, pensó que tal vez el viaje sí era justo lo que necesitaba.

El almuerzo fue en un restaurante al aire libre, con vista al mar. Un ceviche fresco, acompañado de plátanos fritos y jugos naturales, se convirtió en el plato principal de la jornada. Bel notó cómo su pareja parecía estar completamente en su elemento, disfrutando de cada detalle del lugar. Sin embargo, ella no podía evitar sentir pequeñas fisuras en su entusiasmo. Había algo que le faltaba, algo que no lograba identificar del todo.

La tarde la pasó en la playa, tomando el sol y leyendo un libro que había llevado consigo. La arena suave y la tranquilidad del lugar la ayudaron a desconectarse momentáneamente de sus pensamientos, pero, al caer la tarde, esa desconexión con su pareja que había sentido antes volvió a hacerse presente. Aunque lo quería, había algo que no lograba llenar del todo. La chispa que alguna vez los había unido parecía estar apagándose lentamente, y Bel no sabía si eso era algo que podía reparar o si simplemente formaba parte de un cambio inevitable.

Al caer la noche, ambos regresaron al bungalow para descansar. Su pareja se durmió rápidamente, pero Bel, a pesar del agotamiento físico, no lograba conciliar el sueño. La música que llegaba desde algún lugar del complejo captó su atención. Era un ritmo lento, sensual, que parecía llamarla desde la distancia.

Se levantó con cuidado para no despertarlo y se colocó un vestido de playa ligero. En sandalias, salió del bungalow y dejó que sus pasos la guiaran hacia la música. Siguió el rastro de las luces cálidas que iluminaban los senderos entre las palmeras, hasta llegar a un pequeño bar al aire libre. El lugar tenía un ambiente íntimo y acogedor, con mesas dispuestas alrededor de una pista de baile improvisada. Las velas en las mesas proyectaban sombras siszagueantes, y los músicos tocaban con una pasión que se sentía en el aire.

En el centro de la pista, una joven bailaba sola. Tenía la piel morena, el cabello lacio que caía como una cascada sobre sus hombros, y unos ojos marrones que brillaban bajo las luces. Su figura era escultural, y cada movimiento era una mezcla perfecta de fuerza y sensualidad. Bel no podía apartar la mirada. Había algo en aquella chica que la alucinaba, sintiendo que el mundo entero se desvanecía a su alrededor.

Pidió un cóctel en el bar, más por distraerse que por otra cosa. El barman le sirvió la bebida con una sonrisa, pero Bel apenas le prestó atención. Observó a la joven desde la mesa, sintiendo cómo cada giro y ondulación del cuerpo de la bailarina resonaban en su interior. Había una conexión inexplicable, una mezcla de admiración y excitacion que no lograba definir.

El tiempo pareció detenerse. La música, las luces, y la presencia hipnótica de la chica llenaron el espacio, dejándola atrapada en una burbuja de emociones y sensaciones. Finalmente, miró el reloj en el celular se quería morir eran las 02:30 hs, como paso el tiempo penso. Se levantó de la mesa con cierta prisa, dejando el vaso semi vacío, y caminó de regreso al bungalow.

El camino de vuelta fue silencioso, y la brisa nocturna la acompañó hasta llegar a su habitación. Al entrar, encontró a su pareja durmiendo profundamente, ajeno a todo lo que había experimentado esa noche. Cerró la puerta con cuidado y se dejó caer en la cama.

El techo parecía más lejano de lo habitual mientras Bel trataba de ordenar sus pensamientos, su mente vagaba en otro lugar. Las imágenes de la chica bailando seguían presentes, una especie de eco sensual que no podía describir. Se acostó boca arriba, con los ojos cerrados, y sin poder evitarlo, sus dedos comenzaron a deslizarse hacia su entrepierna. Sus pensamientos volaron hasta el castillo, donde el hombre misterioso la esperaba atada desnuda con las piernas abiertas. En su imaginación, la chica caribeña, se unió a la escena, era una doncella al servicio de la princesa, estaba preciosa con un vestido largo que resaltaban sus curvas dejando ver las piernas, Bel se dejó llevar por la fantasía de su imaginación hasta que un fuerte orgasmo la sacudió.

Cuando abrió los ojos, miró al costado y vio que su pareja seguía sumida en un sueño profundo. 'Qué inocente', pensó con una sonrisa irónica. Cerró los ojos de nuevo y dejó que el cansancio finalmente la venciera, llevándola a un sueño  profundo."