Capítulo 16
La mañana comenzó con un sol resplandeciente que anunciaba un día perfecto. Hoy era día de paseo por la isla. Ramón los pasó a buscar en el Jeep del resort, con su típica sonrisa amplia y una energía contagiosa. “Hoy les voy a mostrar la verdadera esencia de la isla,” dijo mientras arrancaba el vehículo. Bel y su pareja se miraron emocionados; el día prometía ser especial.
El camino era un deleite para los sentidos. Ramón conducía con confianza por carreteras serpenteantes bordeadas de palmeras y árboles tropicales que formaban un techo natural sobre ellos. Cada tanto, el Jeep cruzaba pequeños pueblos llenos de vida, con casas de colores vibrantes y mercados locales donde la gente ofrecía frutas frescas y artesanías.
“Esa es Playa Bávaro,” anunció Ramón señalando hacia el lado izquierdo. “Es famosa por su arena blanca y su agua cristalina. Un lugar perfecto para relajarse.” Bel observó el horizonte, maravillada por los tonos turquesas del mar que parecían fundirse con el cielo.
Más adelante, cruzaron una selva densa, llena de sonidos de aves y hojas que susurraban con el viento. “Aquí, en la Reserva Ecológica Ojos Indígenas, la naturaleza es la dueña,” comentó Ramón, haciendo una pausa dramática antes de añadir: “Pero eso no es nada comparado con lo que les espera esta tarde.”
Bel sonrió ante la teatralidad de Ramón, mientras su pareja le apretaba la mano con entusiasmo. “Esto es increíble,” murmuró él, haciendo que ella lo mirara con ternura. Sus risas compartidas y la ligereza del momento lograron que Bel olvidara, los pensamientos que habían rondado su mente desde que llegaron a la isla.
Hicieron varias paradas en playas desiertas y miradores con vistas impresionantes. Bel, tímida pero curiosa, sacó fotos con su teléfono mientras Ramón contaba anécdotas sobre la historia de la isla y los secretos que escondían esos rincones paradisíacos, eran cuentos de todo tipo.desde.piratas, hasta romances de gente famosa cuyas identidades no.podia.revelar. “Este lugar tiene magia,” dijo él, con una sonrisa que hacía difícil no creerle.
Cuando el sol comenzó a bajar en el cielo, Ramón los condujo hacia una colina. “Es hora de la sorpresa,” anunció, aumentando la expectativa. El Jeep subió por un camino empedrado rodeado de vegetación, hasta llegar a un bar enclavado en lo alto, con una terraza que ofrecía una vista inigualable.
El atardecer pintaba el cielo con tonos anaranjados, rosados y violetas, mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte. Bel se apoyó en la barandilla de la terraza, dejando que la brisa le acariciara el rostro. Su pareja se acercó por detrás y la abrazó. “Es hermoso, ¿no?” susurró en su oído.
“Sí, lo es,” respondió ella,
Ramón los guió hacia una mesa en la terraza, donde un código QR brillaba bajo la luz tenue. “Pueden ver la carta aquí. Tómense su tiempo, no hay prisa.”
Bel tomó su teléfono y escaneó el código. Cuando la pantalla mostró el encabezado del menú, sintió un escalofrío: Bar encantado “ donde tus sueños se cumplen y se revelan tus secretos.”
Su corazón se detuvo por un instante. Sintió un frío que le recorría la espalda y su mano tembló ligeramente. Su pareja notó su cambio de expresión. “¿Estás bien?”
“Sí… sí, creo que algo me cayó mal,” respondió rápidamente, levantándose de la mesa. “Voy al baño un momento.”
Caminó apresuradamente hacia el interior del bar. El baño estaba decorado con cañas de bambú y luces cálidas que, en cualquier otra circunstancia, habrían resultado reconfortantes. Pero en ese momento, todo le parecía irreal. Se apoyó en el lavabo, tratando de calmar su respiración. Su reflejo en el espejo le devolvía una mirada cargada de confusión. Me estarán dando un mensaje pensó.
Llevó una mano al dije que colgaba de su cuello. Al tocarlo, una corriente de emociones la recorrió. Durante un minuto, esa sensación familiar de conexión y claridad regresó con fuerza. Pero entonces, en el espejo, algo cambió. Por un instante, creyó ver el reflejo de un hombre detrás de ella. Esos ojos claros, intensos, que la miraban con una mezcla de autoridad y misterio, eran tan familiares que la reconfortaban . “No te olvides,” susurró una voz profunda, o tal vez lo imaginó.
Bel giró bruscamente, pero no había nadie. El baño estaba vacío, y el único sonido era el de su propia respiración entrecortada. Cerró los ojos y apoyó ambas manos en el lavabo, intentando recuperar la calma. Me estaré volviendo loca penso. Cuando volvió a mirar al espejo, solo estaba su reflejo.
Se recompuso como pudo,.por un momento cerró los ojos tratando de volver a ese trance, pero no paso nada, pensó tengo que calmarme. Al regresar a la mesa. Su rostro estaba ligeramente pálido, y su sonrisa era tensa. “¿Todo bien?” preguntó su pareja, preocupado.
“Sí, creo que algo me cayó mal,” dijo, tomando un sorbo de agua y sonrojandose. A pesar de sus distracciones en el caribe, no podía evitar que su mente volviera al libro, a los bombones, al hombre de los ojos claros. Todo parecía estar conectado, como si un hilo invisible la guiara hacia algo que no terminaba de comprender. Se sintió culpable por haber dejado de pensar en ello
La conversación continuó de forma superficial, pero lo ocurrido en el baño la acompañó durante el resto de la velada. Mientras volvían al resort, Ramón seguía contando historias sobre la isla, pero Bel apenas escuchaba. Miraba por la ventana del Jeep, viendo cómo las luces del pueblo se desvanecían en la distancia, mientras una pregunta resonaba en su mente: “¿Qué significa todo esto que me pasa?”
La noche cubría el resort con su manto de estrellas, mientras las suaves olas rompían en la distancia. Dentro del bungalow, el silencio solo era interrumpido por la respiración tranquila de su pareja, ya profundamente dormido. Bel, en cambio, no lograba conciliar el sueño. El día había sido intenso, lleno de paisajes que alimentaron su alma, pero ahora, en la quietud de la noche, las sombras de su mente cobraban vida se sentía excitada por lo que había vivido en el bar, ese hombre misterioso la ponía en ese estado. Intentó relajarse, pensó en tocarse con su juguete preferido, pero estaba exhausta, finalmente cerró los ojos y quedó atrapada por el sueño.
De repente se encontraba en un salón oscuro, iluminado apenas por la luz parpadeante de unas velas. Las paredes eran de piedra antigua, cubiertas de enredaderas que parecían moverse con vida propia. A pesar de la penumbra, podía distinguir los contornos de un castillo imponente, cuya estructura parecía mezclar lo real y lo fantástico. El aire olía a incienso y flores exóticas, un aroma que la transportaba a lugares desconocidos.
Unos pasos resonaron detrás de ella, suaves pero firmes. Antes de que pudiera darse la vuelta, unas manos cálidas cubrieron sus ojos con un paño de seda. “Es hora,” susurró una voz femenina cerca de su oído. La reconoció al instante: era Alondra.
“¿A dónde vamos?” preguntó Bel, aunque su voz salió apenas como un susurro.
“No temas, te estamos llevando a donde perteneces,” respondió otra voz, esta más suave, y angelical, pero cargada de una autoridad extraña. Era la chica de la coleta, la princesa. Bel sintió cómo ambas mujeres la tomaban de las manos, guiándola a través de un pasillo que parecía alargarse infinitamente. Podía escuchar el eco de sus pasos, el crujir
sus pies descalzos sobre las tablas del piso, y el distante murmullo de una risa masculina que la hizo estremecer.
“¿Quién está ahí?” preguntó con un temblor en la voz, pero nadie respondió.
De pronto, las manos que la guiaban se detuvieron. La seda fue retirada de sus ojos, y lo que vio la dejó sin aliento. Frente a ella, un salón enorme se abría en toda su majestuosidad. Las paredes estaban adornadas con tapices que mostraban escenas de sumision, como si de un catalogo de prácticas sexuales se tratara, que de algún modo le provocaban una excitación indescriptible . En el centro, un trono de madera oscura y tallada se alzaba imponente, vacío, pero irradiando una presencia que la hacía temblar. En su cabezal había dos iniciales talladas con elegancia que no lograba leer bien pero algo había en ellas que la hacían sentir calmada.
Bel se dio cuenta de que estaba vestida con un fino vestido blanco, casi transparente, que dejaba expuesta su piel y sus partes intimas. Se sintió vulnerable bajo las miradas que sabía que la observaban. Giró la cabeza y vio a Alondra a su derecha, con una sonrisa serena pero intensa. La princesa, a su izquierda, sujetaba su mano, y su mirada era un enigma de inocencia y autoridad. Ambas mujeres irradiaban una energía que la envolvía y la atraía.
“Es hora de pagar el precio,” dijo la princesa, con un tono que no admitía dudas.
“¿El precio de qué?” logró preguntar Bel, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.
“El precio de tus deseos,” respondió una voz masculina desde la penumbra. Era profunda y resonante, cargada de misterio y ternura. Cuando el hombre dio un paso adelante, Bel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era el hombre de los ojos claros, el mismo que había visto tantas veces en sus sueños y en la plaza. Su rostro irradiaba una mezcla de severidad y compasión, y su presencia llenaba todo el salón.
“¿Qué estás dispuesta a dar?” preguntó el hombre, acercándose lentamente. En su mano sostenía un dije pero no era igual al que ella llevaba tenía una chapita plateada con unas iniciales que no llegaba a leer . “Esto no es un simple adorno, Bel. Es la llave a todo lo que anhelas.”
Bel intentó responder, pero las palabras se atascaron en su garganta. Antes de que pudiera reaccionar, Alondra se acercó, colocándose detrás de ella. Sus manos comenzaron a recorrer sus brazos con suavidad, mientras la princesa tomaba su mano y la guiaba hacia el trono.
“Confía en nosotras,” dijo Alondra, su voz baja y tranquilizadora. “Te llevaremos al lugar donde todo cobra sentido.”
Bel se dejó guiar, aunque su mente estaba llena de preguntas. Cuando llegó al trono, sintió cómo unas suaves cuerdas de seda sujetaban sus muñecas a los reposabrazos. La princesa le ajustó una venda sobre los ojos, mientras Alondra susurraba palabras incomprensibles cerca de su oído. Todo su cuerpo reaccionaba con una mezcla de miedo y placer.
“¿Qué estás dispuesta a entregar para alcanzar lo que deseas?” repitió el hombre, su voz ahora más cerca, más firme.
Bel quiso responder, pero justo cuando iba a abrir la boca, sintió un cosquilleo en su piel, como si el aire mismo estuviera tocándola. La sensación era casi extática, pero antes de que pudiera entregarse por completo, un sonido fuerte la sacó de su trance.
Se despertó de golpe, con el corazón golpeándole el pecho. El sonido del mar se mezclaba con el de la respiración tranquila de su pareja. Por un momento, no supo dónde estaba. Las imágenes del sueño seguían vivas en su mente: las manos, las voces, el trono, esas iniciales pensó, no puede ser? Será eso, cayó de golpe, no lo creo, era una vieja historia que Bel había enterrado hace muchos años, debe ser mi imaginación, intentó convencerse.
Instintivamente, llevó la mano al dije que colgaba de su cuello. Apenas lo tocó, una chispa de calidez recorrió su cuerpo, como si el objeto confirmara lo que había visto.
“¿Estás bien?” preguntó su pareja, entreabriendo los ojos. “Pareces… sorprendida.”
Bel asintió rápidamente, tratando de controlar su respiración. “Solo tuve un sueño raro, nada más.”
Él la miró con ternura, pero también con una pizca de preocupación. “Bueno, recuerda que esto es para relajarnos. Nada de preocuparse, ¿sí?”
“Sí,” respondió ella, aunque sabía que no era tan sencillo. Cerró los ojos nuevamente, pero esta vez no logró dormir. El sueño había sido demasiado real, demasiado intenso.