-¿Por qué no me rogaste que fuera?
La pregunta queda suspendida unos segundos en el aire, me
quedo sin respuesta, solo me atrevo a murmurar -no- y la risa infantil se
escapa de mis labios…
-Si me hubieras rogado, hubiera ido…
Esa contestación me pone nerviosa y feliz a la vez.
Murmuro incoherencias, algo sobre la fatalidad del destino
mezclado con aprender a descifrar las señales, por fin me callo y la
conversación se desvía a la promesa de un futuro encuentro.
Como podría decirle y hacerle entender que me es imposible
rogarle algo así, que no esta en mi permitírmelo, que no me siento con derecho
a hacerlo, que lo deseo, pero que me da mucho miedo abrir esa posibilidad,
porque si se lo pido y él viene, no se si podría volver a controlarme, es un
miedo irracional similar al de un adolescente curioso por lo prohibido que se auto
reprime porque no tiene confianza en su
poder de autocontrol y tiembla ante la posibilidad de sucumbir a la tentación
de repetir el placer una y otra vez..
Si le rogará que viniera, cuanto tiempo pasaría para que le
ruegue que se quedara más tiempo conmigo, para que no se fuera…
Siempre me reclama que lo echo y sin embargo es un alivio
para los dos cuando se va, porque aun cuando quiero que se quede, no puedo concebir
retenerlo…
La ambigüedad de esta relación me colma, me entristece y me
hace feliz…
