Como todos los lunes, terminé el latte mirando descuidadamente el celular. Eran las 11 de la mañana, tenía que decidirme si ir a la oficina o quedarme haciendo home office todo el día. Los lunes siempre son lentos, pero decidí pasar por la oficina para planificar las tareas de la semana y que mi jefe no empezara a sospechar que me fugué a Paraguay. Haber encontrado un trabajo donde pudiera combinar el horario en casa con el de oficina como me diera la gana mientras cumpliera con los tiempos de entrega, era haber hallado una aguja en un pajar.
Al pagar le pedí a la camarera que cuidara mis cosas mientras iba al baño. Ya era una clienta habitual, así que no tuvo problemas en hacerlo.
Al final del pasillo, entre a la puerta marcada con el simbolo femenino y me dirigí como siempre al último cubículo. Una de las cosas por las que elegía esa cafetería era su nivel de limpieza; era increíble cómo todo estaba impecable, más para una fóbica como yo, que a cada rato sacaba el desinfectante de manos. Cuando estaba apretando el botón y descolgando mi cartera, me llamó la atención uno de los azulejos de la pared. Parecía tener algo extraño.
Me acerqué para tocarlo y noté que había un agujero que hace 1 minuto no estaba ahí. Mientras miraba si había algo roto, no pude evitar mí asombro cuando saliendo de ese orificio en la pared, se asoma el más perfecto miembro que había visto en mi vida. Era del tamaño y grosor ideal, de un color rosa perfecto y apenas erecto, como si timidamente quisiera saludarme.
La sorpresa se mezclo con la vergüenza de estar presenciando algo que chocaba con todo lo esperado para ese día y sin pensarlo, descolgue la cartera y salí corriendo.
Al pasar por mi mesa, tomé el resto de mis cosas y, sin agradecer, salí del bar.
Durante el resto del día, no pude concentrarme o pensar en otra cosa. Por suerte, tenía un mes para terminar el proyecto en el que trabajaba, así que me fui temprano a casa.
Al día siguiente, elegí un vestido de falda corta y tacones para ir a desayunar. Mi nerviosismo estaba en su nivel más alto al llegar las 11 horas. Pagué como el día anterior y agarré todas mis cosas para salir a la calle. En medio del pasillo, como atraída por una fuerza sobrenatural, di media vuelta y me dirigí al baño. Entré al último cubículo.
A primera vista, no se veía nada raro. Quizás había tenido un lapsus por falta de sueño y había alucinado toda la escena del día anterior. Sin embargo, frente a mis ojos, vi cómo se corría de manera casi imperceptible un fragmento del azulejo, dejando un círculo abierto por el cual empezaba a asomar el mismo miembro que creía haber alucinado. Apenas un susurro, escuché (o quizás no) una voz que me decía: “Tócame, por favor”. La invitación era la verbalización de mis deseos.
Me acerqué y empece a tocarlo despacio, acariciándolo hasta que su dureza fue en aumento al mismo tiempo que me sentía cada vez más mojada. De forma hábil abrí con una mano un bolsillo de mi cartera y saque un preservativo, antes de que me diera cuenta de qué estaba haciendo, se lo había colocado e introducido en mi boca, empecé a chuparlo de manera febril, ansiosa por tenerlo entero, llenándolo de saliva y succionando al mismo tiempo, oí unos gemidos del otro lado de la pared, me incorporé, me saque la ropa interior y poniéndome de espaldas a la pared, acerqué mi cola hasta colocar el pene entre mis piernas, empecé a frotarme y masturbarme con su roce, estaba tan excitada que no aguante mucho más para que, con un movimiento de mi mano, lo colocara dentro mío. Mis impulsos hacían que mi cola golpeara contra la pared, mis dedos bailaban sobre mi clitoris. El calor del orgasmo empezó a llenarme y tuve que morderme los labios para que mis gemidos no se escaparan, en ese instante escuché unos ruidos del otro lado y acompañandolos me dejé llevar por mi propio orgasmo.
Despacio me separé de mi objeto de placer al tiempo que me daba vuelta y veía como desaparecía en su madriguera.
Al otro día, batiendo el récord de tres días seguidos desayunando afuera, a las 11 volví a ir al baño. Mi corazón latía a mil por segundo al ver cómo se hacía realidad la magia en la pared, solo que esta vez un sobre se asomaba tímidamente. Lo agarré rápido al tiempo que se cerraba la abertura de mis fantasías.
Una vez fuera del lugar, lo abrí . Solo contenía una fecha, una dirección y un horario. El próximo viernes tenía una cita.