El sonido de la lluvia sobre las ventanas la despertó suavemente. Bel se estiró perezosamente bajo las sábanas, disfrutando unos segundos más de la calidez de la cama. Desde afuera llegaba el susurro de la ciudad bajo el agua. Día perfecto para quedarse en casa… lástima que no puedo, pensó con una sonrisa resignada.
El aroma del café llenó la cocina mientras revisaba su lista mental de pendientes. Los pedidos de chocolates seguían acumulándose y el negocio iba mejor que nunca. Entre sorbos, el teléfono vibró sobre la mesada.
—Buen día, dormilona —decía el mensaje de su novio, acompañado de un emoji sonriente—. ¿Hoy vas a sacar el paraguas o prefieres que te rescate?
Bel sonrió, aunque con cierta melancolía. —Con lluvia y mucho trabajo, pero sobrevivo. ¿Vos? —le respondió mientras mordía una tostada.
—Quiero verte. ¿Almorzamos juntos? —llegó enseguida la respuesta.
—Obvio. Pero ya te advierto que hoy hay caos en la cocina.
El resto de la mañana pasó entre el aroma a chocolate derritiéndose, las ollas burbujeando y el eco constante de los cuchillos al picar nueces. Bel se sumergió en su rutina como si con cada mezcla y molde pudiera apagar los pensamientos que rondaban su cabeza. Todo parecía estar en orden… hasta que no lo estaba. Había algo en el ambiente, en ella misma, que seguía removiendo inquietudes. Tal vez eran los sueños. Tal vez era ese recuerdo persistente de NC, siempre a la sombra de todo.
Su novio llegó justo a tiempo, cargando una bolsa de papel con comida.
—Sabía que no ibas a tener tiempo de cocinar —le dijo, dejando el paraguas empapado en la entrada. Sacó empanadas y una ensalada de la bolsa.
—Me salvaste la vida. —Bel le dio un beso y preparó la mesa.
Comieron entre conversaciones ligeras. Él le preguntó por la tienda, por sus ideas de expansión, pero estaba distraído. Cada tanto, el teléfono sonaba y Bel notaba cómo él se desconectaba del momento. Ella intentó hacerle una broma, proponiéndole un juego para encender un poco la chispa entre ambos.
—¿Y si este fin de semana hacemos algo loco? —sugirió, con una mirada cómplice.
—¿Loco? ¿Cómo qué? —preguntó él, distraído.
—No sé, algo que nos vuele la cabeza, salir de la rutina…
—Sí, puede ser… —respondió sin mucho entusiasmo, volviendo a revisar su celular.
Bel suspiró para sus adentros. Lo quería, pero la chispa que seguía ausente. A veces sentía que hablaban en idiomas distintos.
Después del almuerzo, se sentaron en el sillón para ver una película. Eligieron una comedia ligera, de esas que te sacan sonrisas sin hacer mucho esfuerzo. La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas, creando una atmósfera perfecta para acurrucarse bajo la manta. Bel dejó que la calidez del momento la envolviera, pero su mente no paraba de divagar. Las imágenes de Sofía, el libro y NC seguían ahí, como fantasmas que no se resignaban a desaparecer.
Cuando la película terminó, su novio se despidió con un beso rápido. Tenía que madrugar, como siempre.
—¿Seguro que no querés que me quede? —preguntó con ternura.
Bel negó con la cabeza. —No, anda tranquilo. Tengo que terminar unas cosas. Nos vemos mañana.
Cerró la puerta detrás de él y se quedó un momento en silencio, mirando la lluvia a través del cristal.
Más tarde, después de un baño caliente que la relajó por completo, se arropó con su pijama favorito y se recostó en la cama. Decidió ver una serie que le encantaba, cargada de escenas sensuales y de un erotismo sutil. La protagonista tenía una intensidad en la mirada que le recordó a Sofía. ¿Por qué me haces pensar en vos ahora?, se preguntó con una sonrisa tímida.
El cansancio empezó a vencerla poco a poco. Cerró los ojos y dejó que el sonido de la lluvia la arrullara.
El sueño comenzó con una intensidad abrumadora. Bel estaba de pie, desnuda y atada con las manos hacia arriba, sostenida por sogas que colgaban del techo, Sus piernas estaban abiertas y sus pies separados por una barra, exponiendo todo su sexo. La sala en la que se encontraba estaba decorada con terciopelo carmesí y columnas doradas. El aire era espeso, cargado de un aroma embriagador a flores exóticas y especias. Las luces suaves proyectaban sombras en las paredes, y una música lenta y sensual resonaba en el ambiente.
Frente a ella, Sofía apareció, caminando con una gracia casi etérea. Su piel blanca brillaba bajo la luz, y cada movimiento que hacía parecía parte de un ritual cuidadosamente coreografiado. Estaba completamente desnuda, pero no parecía tener ni un ápice de vergüenza. Todo en ella irradiaba una sensualidad natural, como si el espacio hubiera sido creado solo para adorarla. Su cabello oscuro caía atado con una coleta sobre su espalda, y sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y misterio.
NC, con su presencia dominante, apareció tras Sofía. La observó detenidamente, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con una mirada que lo abarcaba todo. Se acercó despacio, sus manos comenzaron a explorar el contorno de su cintura, sus caderas, su cola perfecta para luego subir suavemente por su espalda hasta su rostro. Sofía cerró los ojos y arqueó ligeramente el cuerpo, dejándose llevar por cada caricia.
Bel sentía una mezcla de envidia y fascinación al ver la conexión entre ellos. Cada gesto era elegante, lleno de complicidad y entrega. NC se detuvo detrás de Sofía, deslizando sus dedos por el cuello de ella, siguiendo el camino hasta sus hombros y bajando lentamente por sus costados hasta acariciar su entrepierna. El tacto era cuidadoso pero firme, como si estuviera esculpiendo una obra de arte viva.
Los labios de NC rozaron la oreja de Sofía mientras le susurraba algo que Bel no pudo escuchar. Sofía sonrió, una sonrisa serena y llena de placer. Sus manos, a su vez, buscaron el sexo de NC, acariciándolo con la misma devoción. Era como si ambos se entendieran en un lenguaje secreto, uno que Bel había reprimido durante años.
De repente, NC giró la cabeza y dirigió su mirada hacia Bel. Sus ojos claros la atravesaron como un rayo, despertando en ella todos los deseos que había intentado enterrar. Sin soltar a Sofía, caminó lentamente hacia donde estaba ella. Su figura proyectaba una sombra larga, elegante, que se movía en perfecta sincronía con él.
Se detuvo detrás de Bel, sus manos encontrando su cintura, mientras sus labios rozaban suavemente la curva de su cuello. Bel cerró los ojos, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, no de miedo, sino de expectación. La sensación de estar atada, de no poder moverse, la llenaba de una entrega absoluta.
“Siempre has sido mía,” susurró NC, mientras una de sus manos descendía por su vientre en un movimiento lento y controlado. La otra acariciaba su sexo, reafirmando la posición de vulnerabilidad en la que se encontraba. Bel dejó escapar un gemido suave, la excitación invadiendo cada fibra de su ser. Podía sentir el calor de su cuerpo contra el suyo, cada respiración sincronizándose con la de él.
Sofía se acercó, sus ojos brillando con una complicidad que Bel no esperaba. Posó una mano sobre el rostro de Bel, acariciándole la mejilla con ternura. “Persigue tus deseos,” dijo en un tono casi hipnótico, palabras que parecían resonar en todo el espacio.
Bel se estremeció, sintiendo cómo el torbellino de sensaciones la atrapaba. NC se posicionó detrás de ella, sus movimientos suaves pero firmes, reclamándola como solo él sabía hacerlo. En ese instante, no existía nada más en el mundo. El tiempo se detuvo en un espacio donde lo prohibido se convertía en belleza, donde el placer era una forma de rendición total.
“Cuenta…” susurró NC, en una orden suave pero innegable.
Bel comenzó a contar, su voz temblorosa pero obediente. Cada número era un paso más profundo en la entrega, en el abandono de sí misma a ese mundo que había intentado olvidar. Sentía cada roce, cada caricia, como una reafirmación de su identidad oculta. Sofía la observaba con una mezcla de admiración y deseo, como si fuera parte de una ceremonia sagrada.
Justo cuando alcanzó el número diez, el sueño se desvaneció abruptamente. Bel despertó de golpe, el sudor perlaba su frente y su respiración estaba agitada. Miró a su alrededor, desorientada, mientras el sonido distante de la ciudad regresaba lentamente a sus sentidos.
El libro seguía en la mesita de noche, sereno pero lleno de promesas. Bel se abrazó a sí misma, sintiendo todavía el calor de las manos de NC en su piel. Las palabras “Persigue tus deseos” y “Siempre has sido mía” resonaban en su mente. No podía escapar de esos mensajes, de esos recuerdos que ahora la reclamaban con más fuerza que nunca.
Suspiró profundamente y se dejó caer nuevamente sobre la almohada. Sabía que el sueño no era una simple fantasía; era un recordatorio, una puerta que estaba cada vez más cerca de abrir.